# Eduardo Garrido > Fundador de Koyag. Notas, ensayos e indagaciones que nacen cuando una explicación parece suficiente y aun así algo me sigue haciendo ruido. Public Ghost content for AI and LLM tooling. This file includes a bounded export of public pages first, then recent public posts. Append `.md` to any post or page URL to get the content in Markdown (for example, `/example-post.md`). ## Pages ### Archivo URL: https://www.edugarrido.com/archivo/ Last updated: 2026-04-25T22:50:34.000Z _No content available._ ### Desde dónde escribo URL: https://www.edugarrido.com/desde-donde-escribo/ Last updated: 2026-07-16T16:10:49.000Z Hay preguntas que por alguna razón no logro dejar atrás. A veces aparecen en una conversación... otras en un libro, una película, una reunión o una decisión aparentemente cotidiana. Casi nunca tienen que ver con el hecho en sí, sino con esa sensación de que hay algo importante que no estoy viendo todavía. Entonces empiezo a darles vueltas. Leo, comparo, conecto ideas, vuelvo atrás, investigo. A veces durante días. Otras durante años. Pienso mejor cuando transformo una idea en largos párrafos, frases inconexas, dibujos, diagramas y la miro desde afuera. Pensar sin escribir se me vuelve ruido y este sitio es donde hago ese ejercicio en voz alta. Casi siempre escribo porque algo no termina de cerrarme. Una decisión que parece correcta pero produce el efecto contrario. Una historia demasiado limpia para ser cierta. Una explicación que deja preguntas importantes afuera. Escribir es la manera que encontré de seguir esas pistas. Con el tiempo me di cuenta de que todas esas preguntas tienen algo en común. No aparecen porque las cosas sean difíciles de entender, aparecen cuando una explicación parece suficiente y aun así... hay algo que me sigue haciendo ruido. **Desde el otro lado** nació para darles un lugar antes de olvidarlas. ### Sobre mí URL: https://www.edugarrido.com/sobre-mi/ Last updated: 2026-09-14T14:06:12.000Z Me llamo Eduardo Garrido y nací en Santiago de Chile. Hace algunos años vivo entre Chile y Colombia sin dirección fija. Estudié ingeniería eléctrica y empecé a trabajar en 2010 en el mundo de la generación de energía. Vendí durante años proyectos complejos de millones de dólares como automatización para hospitales y centros comerciales, construcción de parques solares y subestaciones de alta tensión. Toco armónica de blues hace más de 20 años. Tuve una banda, toqué en bares de Santiago durante bastante tiempo y debes en cuando sigo apareciendo en alguna jam session cuando el cuerpo me lo pide. Es la actividad menos utilitaria de mi vida y probablemente por eso una de las más importante. En algún punto me di cuenta de que estaba haciendo todo lo que se supone que había que hacer para construir una vida y ser feliz, pero no estaba funcionando. Renuncié, vendí lo que tenía y me fui 2 meses a mochilear solo a la Patagonia chilena con una carpa y latas de atún. Volví distinto sin tener muy claro que quería hacer con mi vida. Después de eso empecé a emprender. Cofundé Groovelist, una plataforma para conectar músicos con la industria. 5 años intensos: pasar de un sueldo estable a gastarme los ahorros, arriendos apretados... aprender a golpes lo que la teoría no enseña. Hoy soy fundador y CEO de una empresa de software llamada [Koyag](https://koyag.com/?ref=edugarrido.com). Construimos la plataforma donde ministerios, cámaras de comercio y gremios de toda Latinoamérica operan lo que hacen con las empresas, sus eventos, sus ruedas de negocio, sus programas de acompañamiento. 6 años después... trabajando con ministerios, cámaras de comercio, aceleradoras de emprendimientos y gremios de toda Latinoamérica, se convirtió en otra cosa. Todas esas instituciones invierten en ayudar a las empresas y podría decir que todas tienen el mismo problema. ¿Cual fué el impacto real en esas empresas que ayudé? Koyag terminó siendo el laboratorio desde el cual intento responder eso y todavía no lo logro. No sé hacia dónde va todo esto, pero es la pregunta que sostiene lo que hago. Este proyecto editorial existe porque hay cosas que no logro terminar de entender solo pensándolas. Escribir es la forma que encontré de mirarlas por fuera de mi cabeza.... notas, ensayos, indagaciones, historias, lecturas. Formatos distintos para preguntas que aparecen en momentos distintos. Si algo de lo que has visto acá te resonó, cuéntamelo y escríbeme a eduardo@koyag.com. Estas publicaciones ganan cuando alguien los usa para pensar otra cosa. ## Posts ### La radio a pilas URL: https://www.edugarrido.com/la-radio-a-pilas/ Last updated: 2026-09-16T15:04:28.000Z Podría decir que parte importante de mis viajes empiezan igual. Con algo que voy pateando, que no es urgente, que podría hacer en cualquier momento, hasta que la ansiedad se me acumula sola y de un día para otro término comprando un pasaje a última hora sin haberlo pensado bien. No soy muy bueno para planificar. Pero por alguna razón que no entiendo, cada vez que me viene el arrebato y viajo así, termina pasándome algo que se me queda en la cabeza para siempre. Era 2022 y tenía planeado viajar a Buenos Aires a visitar algunos clientes. No era urgente ni iba a decidir nada en mi vida ni en la empresa, pero la sensación de que debía ir estaba ahí... creciendo, apretando, hasta que detonó de la forma más absurda posible: Argentina perdió con Arabia Saudita en el debut del Mundial de Qatar y algo en mi cabeza decidió que ese era el momento. No me pregunten qué tiene que ver una cosa con la otra... porque no tiene nada que ver. Mis gran mente estratégica tomó esa variable como "la señal" y compré el pasaje para el 14 de diciembre. Cerré la página y seguí con mi vida como si hubiera hecho algo razonable. Las semanas pasaron, Argentina empezó a ganar y recién ahí me puse a hacer cálculos. Si llegaba a la semifinal, jugaba el 13 de diciembrey un día antes de mi viaje ocurrió lo obvio: ganaron. Mi gran misión comercial se había ido a la mierda y yo todavía ni siquiera había salido de Bogotá. Fueron 24 horas puerta a puerta, con escala eterna en Santiago para llegar a un país que en cuestión de días iba a dejar de trabajar por completo. De 5 reuniones terminé haciendo dos y la primera fue un desastre. A los 5 minutos ya sabía que no iba a salir nada, pero uno no se puede parar y cortar una reunión a los diez minutos. Así que me quedé la hora entera, asintiendo, perdido en mis pensamientos "qué mierda estoy haciendo acá", bailando la danza diplomática de la reunión comercial que no lleva a ninguna parte pero igual hay que bailar hasta el final. Ya con la agenda deshecha y el motivo del viaje convertido en nada, tomé la única decisión sana posible... dejar de fingir que esto era un viaje de trabajo y fluir con lo que se venía. Estaba a días de una final del mundo con Argentina adentro, en uno de los países más futboleros del planeta, tan futbolero que hasta tiene una iglesia dedicada a Maradona. No tenía sentido resistirse a eso. El sábado terminó de confirmármelo. Yo toco armónica y durante 3 años tomé clases por videollamada con Mariano Massolo. Él vive en Buenos Aires y me acordé de el esa mañana del sábado. Me dijo que esa noche tocaba con Kevin Johansen en la Ciudad Cultural Konex, un centro cultural IN CRE Í BLE. Cuando llegué lo llamé y luego de un gran abrazo después de más de 5 años que no nos veíamos, me invitó a estar al costado del escenario con él, conversando mientras esperaba que lo llamaran para subir a tocar sus temas. Viví el show desde ahí, desde el borde mismo del escenario, del lado que casi nadie ve. Ese show tenía algo bien particular, ya que mientras Kevin Johansen cantaba, una pantalla gigante mostraba a Liniers dibujando en vivo lo que se le iba ocurriendo con cada canción, la música y el dibujo naciendo al mismo tiempo delante de todos. Liniers weon, me encanta Liniers, siempre leí su historieta cómica Macanudo. 0:00 /0:13 1× Después vino el backstage. Me quedé de fiesta con los músicos, Mariano y Liniers (claramente le pedí la selfie del recuerdo). La noche se estiró mucho más de lo que yo tenía pensado. Se estiró hasta esa hora en que uno ya perdió la cuenta y sigue igual, convencido de que la estaba pasando demasiado bien como para irme. ![](https://storage.ghost.io/c/99/39/9939acea-f9a2-4aa5-adcd-1a5548b6a635/content/images/2026/09/Yo-Linier.jpeg) Me fui a dormir tardísimo, con esa sensación tramposa de que tenía todo bajo control. De que el viaje a pesar de todo, me estaba saliendo bien. Al día siguiente venía la guinda de la torta: la final del mundial. Puse la alarma a las 10 de la mañana. Me estaba quedando en un departamento entre Retiro y el Obelisco, una zona llena de bares, cafeterías y restaurantes, y por eso me levanté tranquilo, sin apuro. El partido era a las 12 y mi plan era simple, casi perfecto... me levanto, voy a una cafetería, me como una facturita con esa sensación de estar de viaje que tanto me gusta y después busco un bar para ver el partido. No había forma de que algo saliera mal. Salí a la calle y la calle era un desierto. Una de esas imágenes que te hace mirar para todos lados repetidas veces y que te hacen pensar "acá pasa algo raro". Las 3 cafeterías de enfrente de mi departamento estaban cerradas. Empecé a caminar. Todo cerrado. Todo vacío. Yo con hambre, caminando cada vez más rápido hacia donde suponía que iba a haber vida, hacia el Obelisco... "seguro de que ahí sí iba a encontrar todo abierto". No encontré nada y claramente empecé a desesperarme, a caminar más rápido. Ahora ya no eran locales cerrados, eran bares abiertos con la cortina a media asta, repletos de gente adentro, sin un centímetro libre. Era como esas películas donde el protagonista corre escapando de una catástrofe y no encuentra dónde refugiarse, pero al revés. Yo no escapaba de nada. Yo quería entrar, quería ser parte y no había forma. En fin, después de 30 minutos caminando, ya ni me importaba tanto el partido porque quería comer algo. Estaba muerto de hambre, con algo de resaca y no había un solo lugar donde comprar comida. Me puse a correr y a hablarme solo, a putearme en voz alta... puta madre Eduardo! siempre lo mismo. Cómo no me di cuenta, era obvio, era la final del Mundial y jugaba Argentina y yo estaba en Argentina, el país más obsesionado con el fútbol del planeta y mi cabeza otra vez me había jugado en contra, otra vez no había visto lo que había que ver, una vez más me había metido solo en el medio del desastre sin planificar nada. Hasta que encontré la última Coca Cola del desierto... una tienda de una cadena que se llama "24 horas" con la reja baja. Me asomé... aloooo y apareció una señora. ¿Tiene algo para comer que no sean alfajores o papas fritas?. Me vendió un pan con jamón envasado frío y húmedo que terminó siendo la salvación. Volví a correr comiéndome el pan en la carrera. Ya eran las 12, la puta madre, ya eran las 12 y yo seguía sin encontrar un lugar para ver el partido. Ahora ya no estaban las calles vacías, ahora corría por un paseo donde ahora había un montón de gente corriendo igual que yo, todos apurados, en distintas direcciones, todos buscando... una escena que de tan absurda era memorable. Y entonces... la ciudad entera gritó al mismo tiempo. No una cuadra, no un bar. Toda la ciudad de golpe. No vi el primer gol de Argentina: lo escuché. Buenos Aires respiró de golpe y yo me enteré por el ruido. En medio de esa carrera que ahora era más frenética, sin saber bien por qué, frené. Había un hombre ciego parado en una esquina. La ropa gastada, un bastón de madera, una radio de pilas apretada contra la oreja. No sonreía, no gritaba, no buscaba nada. Estaba quieto, en silencio, concentrado, disfrutando el partido de una manera que yo no entendía y que no me podía explicar. Todo lo demás seguía a máxima velocidad alrededor de él... la gente corriendo, los gritos, la ciudad entera temblando y él estaba en otra frecuencia, adentro de algo a lo que nadie más tenía entrada. Me quedé mirándolo como 30 segundos, sintiendo como de golpe, mi propia desesperación había dejado de importarme. El hambre, el partido, el lugar que no encontraba, todo eso se apagó. No quedó nada más que él en esa esquina. Nadie lo veía. La euforía de todos lo había dejado afuera y pensé que por eso mismo, era el único que estaba viviendo algo verdadero ahí, en un rincón que la felicidad colectiva pasaba por encima sin mirar. Yo lo vi. No sé por qué me tocó a mí verlo, pero lo vi y algo en esa imagen se me quedó adentro antes de que pudiera entender qué era. Vuelvo a la realidad y a correr, pero no me lo saqué más de la cabeza. Terminé encontrando una tienda de electrodomésticos con una pantalla enorme al fondo y un montón de gente amontonada adentro. No quedaba lugar. Me tocó ver la final desde la vereda, del el otro lado de la vereda, parado al lado de un basurero. A esa distancia, la pantalla no era más que una mancha lejana y apenas distinguía figuras que se movían, no alcanzaba a ver la pelota, no entendía una jugada. Me pasé el partido leyendo lo que ocurría por el ruido de la gente más que por lo que veía. Un rugido quería decir peligro. Un silencio, que veníamos bien. Los cuerpos a mi alrededor eran mi transmisión. Al lado mío había un hombre de unos 50 años parado de espaldas a la pantalla, mirando la pared. Todo el partido mirando la pared. No vio un solo minuto... de verdad, no vio ni un solo minuto. Yo lo miraba de reojo y pensaba "qué le pasa a este weon", como si de eso, de su frente pegada contra el muro dependiera que Argentina saliera campeón. A mi otro lado había un chico de unos 25 años con la camiseta argentina puesta y con el que crucé un par de palabras. Me contó que tenía la camiseta puesta desde el primer partido del Mundial y que no se la había sacado nunca... era una famosa cábala. Su olor era fétido, putrefacto, increíble... a parte de todo lo que había pasado para terminar viendo el partido de la peor manera posible, me tocaba estar al lado de un arma biológica con patas. Él estaba igual de convencido que el de la pared: esa camiseta sin lavar era parte de lo que sostenía a Argentina en pie. Cada uno con su manía, su rezo privado, su pedazo de responsabilidad inventada sobre un partido que se jugaba a miles de kilómetros y en el que no podían influir en nada. Y sin embargo ahí estaban, cumpliendo su parte del trato con una seriedad absoluta. Vuelvo al partido y yo veía las manchas moverse en la pantalla lejana, sin entender del todo, hasta que una de esas manchas hizo algo y toda la gente se agarró la cabeza al mismo tiempo y se puso a gritar. Mbappé había empatado. En ese momento un hombre empieza a patear el basurero que estaba al lado mío una y otra vez, desquiciado, con una furia que no era contra el basurero y que reconozco me asustó de verdad. 0:00 /0:27 1× Empecé a mirar a los policías que custodiaban la calle y a calcular. Si Argentina ganaba, esos mismos policías iban a terminar abrazándose con la gente que estaban cuidando. Si perdía, no quería ni imaginarlo... la desesperación de ese tipo pateando un basurero multiplicado por una ciudad entera y yo en el medio, sin ningún lado donde meterme. Ya me veía desandando a la carrera todas las cuadras que había corrido para llegar hasta ahí, de vuelta al departamento a encerrarme con llave mientras afuera el país ardía. El final fue insoportable. No exagero cuando digo que nunca sentí una ansiedad como esa. No era mía, era del aire, era de todos. Miles de personas conteniendo la respiración al mismo tiempo, un terror colectivo tan denso que se podía tocar. Yo soy chileno, no tenía nada en juego y aun así sentía que si esto terminaba mal no lo iba a soportar. Terminó el partido empatado... penales. ¿Algo peor que esto para hacer explotar la ansiedad de alguien? Cada pelota que se pateaba tenía a la ciudad entera al borde del infarto. Y entonces el último penal de Argentina entró y todo lo que había sido miedo se dio vuelta de golpe y se transformó en la explosión más grande que vi en mi puta vida. Argentina campeón del mundo. La ciudad se rrreventó. Terminé en el Obelisco, en el medio de una celebración que no paró en 2 días. Gente llorando, gente cantando, gente haciendo mandas de rodillas por la calle, desconocidos abrazándose como si se conocieran de toda la vida. Yo andaba solo en medio de todo eso hasta que por cosas de la vida que ya no recuerdo cómo pasaron, terminé pegado a Juanma y Mauricio... dos uruguayos que habían cruzado en ferry desde Montevideo ese mismo día. Andaban con la camiseta argentina puesta y cuando les pregunté qué hacían del lado de allá del río festejando una final que no era la suya, se miraron y me explicaron con una gran sonrisa que lo decía todo: una ciudad entera desbordada de euforia era el mejor lugar del mundo para un soltero con ganas de conocer gente. Dos uruguayos disfrazados de argentinos, con la camiseta puesta y el plan clarísimo. Me uní al plan y viví con ellos toda esta locura. En algún momento estábamos debajo de una bandera gigante de Argentina tomando Fernet con Coca Cola de un botellón que iba pasando de mano en mano y fue ahí en medio de todo eso, que me volvió la imagen del hombre de la esquina con la radio en la oreja. Recién con los años logré entender por qué esa escena me había conmovido tanto. Yo había corrido como 30 cuadras buscando dónde ver el partido y terminé mirándolo desde una vereda, al lado de un basurero, del otro lado de un vidrio, distinguiendo apenas unas figuras que se movían. Entendí más por el ruido de la gente que por lo que alcanzaba a ver. Tenía dos ojos, un domingo entero y una ciudad prendida fuego de felicidad a mi alrededor y me tocó la peor parte. Aquel hombre en la esquina, en cambio, no tuvo que correr a ningún lado. Estaba quieto, con su radio y no le faltaba nada. Le saqué una foto. Él nunca va a poder verla. Yo la miro cada tanto y sigo pensando que de los 2, el que se perdió el partido fui yo. ![](https://storage.ghost.io/c/99/39/9939acea-f9a2-4aa5-adcd-1a5548b6a635/content/images/2026/07/Foto.-La-radio-a-pila.jpeg) --- ### **Temas abiertos por investigar** Creo que lo que me quedó dando vueltas no fue el hombre ciego, fue darme cuenta de que él y yo escuchamos el mismo partido. Los dos por el ruido, ninguno por la imagen, pero la diferencia era el estado y no el canal. Él en paz, yo corriendo. Eso todavía lo estoy masticando... cuántas veces recibo el mundo por el peor canal posible convencido de que es el bueno. Las reuniones comerciales. Tiene que ser lo menos óptimo de toda la estructura empresarial. Un porcentaje enorme no lleva a nada y todos lo sabemos desde el minuto cinco, pero igual las bailamos la hora completa. ¿Será que es lo único social que queda en el mundo laboral, un rito sin objetivo claro que sobrevive porque cortar sería una grosería? Pendiente pensar la reunión como gesto diplomático más que como herramienta. Qué se sostiene ahí que no es el negocio. Tengo que leer sobre percepción sin visión. Qué "ve" alguien que nunca vio?? Si ese hombre nació ciego, lo que arma en la cabeza no es una imagen apagada, es algo hecho de otro material... sonido, espacio, no sé qué. No es mi partido a oscuras, es un partido que yo no puedo ni imaginar. Queda abierto por qué esto me vuelve recién ahora, 4 años después. Las cosas que más recuerdo no son las que planeé, son los desastres. Puede ser que el caos no es el precio de las historias buenas... es la condición. ### Una hipótesis sobre cómo resolver lo que parece imposible URL: https://www.edugarrido.com/una-hipotesis-sobre-como-resolver-lo-que-parece-imposible/ Last updated: 2026-09-16T01:17:28.000Z Hay algo que me viene dando vueltas desde hace algunos meses y que no termino de resolver del todo. No es una teoría, es una sospecha que salió de una experiencia propia y que después empezó a resonarme con cosas que había leído o visto antes sin haberles prestado la atención suficiente. La experiencia fue con mi empresa. Pasamos por una situación que durante meses era algo que honestamente no veía forma alguna de resolver. La verdad es que no había salida. Los números no daban, mi cliente estaba cada vez más molesto, yo no lograba llegar a entender por qué y todo lo que intentaba parecía provocar siempre algo peor. Trabajaba de lunes a sábado sin ver progreso y cuando me refiero a "trabajaba" era desde las 7 de la mañana hasta las 10 de la noche, mi vida era trabajar y dormir. Si no trabajaba los domingos era porque mi cuerpo me marcaba un límite y sin estar de acuerdo me la pasaba acostado... muerto, todo el día. Llegué a un punto donde ya no era solo cansancio, era una sensación clara de que no había más por hacer, de que si seguía empujando las consecuencias podían ser peores, de que cualquier movimiento adicional iba a romper algo que todavía se estaba sosteniendo por milagro. Fue ahí en ese punto que pasó ese algo que aún no logro entender. Decidí algo que en cualquier otro momento no decidiría. Cuál juego de póker miré la partida, junté las pocas fichas que me quedaban y las empujé todas al centro. Acá es donde hay algo que quiero nombrar aunque no lo pueda explicar del todo, porque me parece importante no venderlo fácil. Lo natural de cuando nos sentimos al borde y vemos que podemos perderlo todo, no es seguir apostando... es parar. Cuando ya no te queda nada, cualquier movimiento adicional no está apostando lo que tienes, está apostando lo que no tienes. Está hipotecando años que todavía no llegan, comprometiendo un futuro que si sale mal te va a dejar partiendo de cero, pero además con una carga encima. Está demostrado que tenemos una capa primitiva de sobrevivencia que se activa cuando llega la amenaza real y no importa cuánto siglo XXI tengamos encima, esa capa sigue ahí. La muerte de la que hablo no es solo la física, es la muerte simbólica, la de la empresa que colapsa, la de la identidad profesional que se rompe, la de todo lo que uno construyó por años deshaciéndose delante. Frente a eso, lo que es lo obvio y normal, es no dar el siguiente paso. Parar antes de comprometer más, pero por alguna razón, algunas personas sienten que es necesario dejar de lado lo que es parte de nuestra naturaleza para hacer exactamente lo contrario. Rompen el patrón. Avanzan cuando toda la lógica evolutiva les dice que se detengan. No sé qué es eso. No sé si es rabia, agotamiento del propio miedo, algún tipo de rendición que se disfraza de coraje o algo más raro que todavía no tengo cómo nombrar. En mi caso, solo sé que "lo hice" provocando que esta situación se resolviera de una manera que ni en mis mejores sueños hubiera imaginado. Esa decisión, sea lo que sea, es probablemente la pieza más difícil de lo que trato de reflexionar en este texto. Más que tratar de contar mi historia, solo la quiero ocupar para analizar qué cosas hice para llegar a resolver una situación que desde un enfoque tradicional no tenía solución. Lo anterior fue parte de una investigación que hice para tratar de entender qué pasó después de dar ese salto al vacío. Qué fue lo que cambió en mí que me permitió empezar a hacer cosas que antes no había hecho. Lo distinto no estaba en las acciones mismas que hacía, como volver a reunirme con áreas del cliente ya conocidas, hacer preguntas parecidas a las de meses atrás, tener conversaciones que en la superficie no eran muy distintas a las anteriores. Lo distinto estaba en el lugar interno desde el que las hacía. En cualquier reunión anterior yo llegaba defendiendo algo, una interpretación del problema, una decisión técnica, una versión de por qué el proyecto que debía entregar estaba donde estaba. Aunque no lo dijera explícitamente, todo lo que oía lo filtraba a través de lo que necesitaba sostener. Cada dato que confirmaba mi versión lo tomaba como pieza importante. Cada dato que no la confirmaba lo interpretaba como excepción, como ruido, como algo que después iba a explicarse dentro de mi marco. Ahora, en esas reuniones nuevas eso no estaba. No porque hubiera decidido escuchar mejor, no porque hubiera leído algún artículo sobre escucha activa, sino porque ahora ya no sentía esa necesidad de que había algo que defender. El aparato que filtraba se había agotado en los meses anteriores tratando de sostener una versión que claramente no explicaba lo que estaba pasando. Lo que empecé a notar con mucha impresión, es que las preguntas que estaba haciendo eran distintas a las de antes. Antes preguntaba desde el marco que necesitaba defender, y por eso preguntaba cosas que ya sabía cómo iban a responderse. Ahora preguntaba desde otro lugar y las respuestas también eran otras. No porque la gente estuviera diciendo cosas distintas, sino porque las nuevas preguntas activaban información que antes nadie tenía razón para compartir conmigo. La información siempre había estado disponible, pero mis preguntas anteriores nunca la habían pedido. Y en paralelo, también empecé a registrar cosas que ya me habían dicho varias veces antes, pero que yo no había podido escuchar porque no encajaban en lo que estaba buscando. No aparecieron datos nuevos en el sentido de datos que nadie hubiera podido tener antes. Apareció información que estaba disponible, pero que las preguntas viejas no traían y que ahora las preguntas nuevas hacían salir. Y entonces pasó algo que si me lo cuentan en una película creería que está arreglado para que termine bien. En esa zona, casi por descarte, terminé viendo algo que había estado ahí todo el tiempo y que no había podido ver. El problema que yo llevaba meses tratando de resolver no era el problema real, era el síntoma de otro problema, más profundo, sistémico, que ni yo ni el cliente estábamos viendo. Cuando logré nombrar ese problema de fondo, lo que había sido imposible durante meses se resolvió casi solo. El síntoma no se solucionó: dejó de tener razón para existir. Fue después, pensando en esto, que me empezaron a resonar cosas. Historias que había leído sin fijarme demasiado y que ahora leía distinto. Aclaro antes de nombrarlas que no las traigo para compararme con mega genios que cambiaron el mundo. Las traigo porque son las que llegaron a los libros, las que la historia decidió documentar y que me parece que apuntan a un mecanismo que también opera en escalas mucho más chicas, en gente que nadie va a documentar. Newton desarrollando el cálculo y las leyes del movimiento durante los años que estuvo encerrado en la granja familiar por la peste bubónica, en aislamiento prolongado y sin la estructura académica habitual. Poincaré describiendo él mismo, en un libro suyo llamado Ciencia y método, cómo sus descubrimientos matemáticos más importantes le llegaban después de largos períodos de agotamiento, nunca durante el trabajo deliberado. Ramanujan recibiendo teoremas en estados que él mismo describía como sueños. Escenas de películas sobre emprendedores que habían fundado grandes empresas después de estar convencidos de que todo estaba roto. Ninguna de esas historias lo explicaba con las palabras que yo estaba buscando, pero todas parecían apuntar a un patrón parecido. Como si algo se hubiera repetido demasiadas veces como para ser casualidad. Me pasa lo mismo cuando pienso en Ignaz Semmelweis, un médico húngaro que trabajaba en el Hospital General de Viena a mediados del siglo XIX. Semmelweis estaba obsesionado con entender por qué en la sala de maternidad atendida por médicos las mujeres morían de fiebre puerperal en cantidades altísimas, mientras que en la sala atendida por parteras morían mucho menos. Se pasó meses probando explicaciones sin dar con ninguna y debemos tener muy claro que en esa época todavía no se sabía que existían las bacterias ni los virus. Dentro del marco médico disponible no había forma de resolver el problema, porque el problema no era del tipo que el marco podía nombrar. Y entonces pasó algo. Un colega suyo se cortó el dedo con un bisturí durante una autopsia y murió con los mismos síntomas que las mujeres. Semmelweis agotado después de meses de obsesión sin salida, empezó a atender pistas que hasta entonces habría descartado como irrelevantes. Los médicos de la época hacían autopsias sin guantes y con los mismos bisturíes con los que después atendían partos. El olor a cadáver persistía en las manos de los médicos incluso después de lavarse. De ahí Semmelweis sacó una hipótesis intuitiva sobre un "algo" que se transfería de los cadáveres a las mujeres. Impuso el lavado con una solución de cal clorada para "eliminar el olor a cadáver" y la mortalidad cayó de forma dramática. Lo notable es que había intuido, sin poder demostrarlo, algo que la ciencia solo confirmaría décadas después con Pasteur y Koch. Vio antes que nadie algo que su época no tenía cómo nombrar. Mi sospecha es esta, y la digo con toda la responsabilidad que amerita porque no es lo que se podría decir como "recomendable" según las definiciones actuales en cuanto a salud. Creo que hay un tipo de cansancio que no se recupera durmiendo, porque no es el cansancio normal del cuerpo por trabajar mucho. Es un cansancio que se construye de forma distinta. Se construye cuando uno se obsesiona durante meses con un problema que no puedes soltar, cuando lo estudias desde todos los ángulos posibles, cuando hablas con toda la gente que tiene alguna pieza, cuando no logras conformarte con respuestas parciales aunque te convendría hacerlo. Pero hay algo más, y esto es lo que hace que este cansancio sea distinto a cualquier otro. En algún momento uno deja de operar como persona con vida propia. Deja de comer cuando corresponde, deja de dormir cuando corresponde, deja de responder a lo que la gente que uno quiere le pide. La identidad se disuelve dentro del problema. Ya no es que estás trabajando en algo, es que te fusionaste con eso y todo lo que antes te definía como ser humano queda en pausa. Esa fusión es lo que hace que la información acumulada durante meses deje de estar solo ordenada según tu marco viejo y empiece a estar disponible en bruto, lista para ser reorganizada cuando el marco ceda. Sin ella la obsesión es superficial, es profesional, es dedicación al trabajo. Con ella se convierte en otra cosa, en algo que no tiene un nombre claro y que yo reconocí solo después cuando pude mirar hacia atrás lo que había vivido. Creo que en algún momento cuando ese cansancio cruza cierto punto, el marco desde el que estabas mirando empieza a ceder. No porque decidas soltarlo, sino porque el mecanismo que lo sostenía se queda sin fuerza y acá vale detenerse porque este marco no es un error, es lo que te permite trabajar en primer lugar. Es tu forma de mirar el problema, la que te volvió capaz de tomar el proyecto y sostenerlo. El marco no es enemigo del descubrimiento, es su condición previa. Pero mientras funciona, mientras tienes energía para defenderlo, no puedes ver lo que el marco no incluye. Cada dato que no encaja lo reinterpretas dentro del marco viejo, cada anomalía la absorbes como excepción. Podrías seguir así indefinidamente si el combustible alcanzara, pero el punto es que en algún momento se termina el combustible y ahí no aparece información nueva en el sentido mágico del término. Aparece una reorganización de la que ya tenías y aparecen preguntas nuevas que traen información que estaba disponible, pero que las preguntas viejas nunca habían pedido. El marco se afloja lo suficiente como para dejarte ver la información en otra configuración y también para dejarte formular preguntas que no habrías hecho desde el marco anterior. Si esto tiene algo de fundamento, entonces hay tres condiciones que tienen que estar juntas y ninguna de las tres es suficiente por sí sola. La primera es la obsesión previa. No cualquier trabajo intenso, sino la fusión con el problema que describí antes, la que hace que meses de estudio queden densamente presentes en uno y potencialmente listos para ser reorganizados. Sin esa fusión no hay material cargado, y sin material cargado no hay nada que reorganizar cuando el marco ceda. La segunda es el agotamiento que afloja el filtro. No el cansancio ordinario que se resuelve durmiendo, sino ese otro cansancio estructural que agota el mecanismo mismo que sostenía el marco viejo y que por eso permite que el marco empiece a ceder sin que uno lo decida. La tercera es la más difícil de nombrar y probablemente la más rara. Es ese momento en que algo en uno rompe el patrón de sobrevivencia y avanza cuando toda la lógica indica parar. Sin ese paso no ocurren las preguntas nuevas, no ocurren las conversaciones nuevas y la reorganización que estaba lista para pasar no llega a activarse. También creo que esto no aplica a cualquier problema, aplica a problemas donde lo que falla no es una decisión, sino el marco entero. Problemas sistémicos, complejos, donde la lógica que uno trae no alcanza porque la lógica misma es parte del malentendido. No tengo cómo probar que esto sea cierto. La verdad es que no he hecho investigaciones profundas con referencias que pueda citar, pero sé que a mí me pasó, sé que las historias que investigué apuntan a un patrón parecido y sé que muchas personas en el mundo probablemente estén viviendo o hayan vivido algo similar sin tener cómo nombrarlo. Si esta hipótesis tiene algo de fundamento, quizás describe uno de los mecanismos por los cuales el ser humano ha logrado a lo largo de la historia, resolver situaciones que desde toda lógica tradicional parecían no tener solución. No es un método, no es una técnica, no es algo que se pueda recomendar ni replicar. Es más bien una forma en que ciertas condiciones extremas pueden abrir ocasionalmente, una posibilidad que en circunstancias normales no existiría. --- ### **Temas abiertos por investigar** La tercera condición. El momento en que algo en uno rompe el patrón de sobrevivencia y avanza cuando toda la lógica indica parar. Las otras dos las intuyo, esta no y sigue siendo un misterio. Ahí hay una indagación propia esperando. Semmelweis quedó comprimido pero pide su propia indagación. Cómo llegó a asociar el olor a cadáver con las partículas cadavéricas. Por qué nadie más hizo el vínculo si la teoría de los miasmas tenía la pista servida. La comunidad médica que lo rechazó durante décadas hasta que murió en un manicomio. Todo eso quedó fuera y me parece fascinante. Necesito escribir sobre como pude haber sido ese proceso antes de llegar a descubrir la solución. Esto se toca con lo que escribí en la publicación ["Hay algo sobre como miramos la genialidad que no me convence"](https://www.edugarrido.com/hay-algo-sobre-como-miramos-la-genialidad-que-no-me-convence/) y no por las personas que analicé porque son distintos. Es por el patrón. Vidas trabajadas al límite, obsesiones sostenidas durante años, condiciones extremas asociadas a resultados que no aparecen sin esas condiciones. Sospecho que son piezas de un tema mayor que todavía no termino de ver. Tengo que revisarlo. Y vuelve la misma pregunta vieja que me da vueltas y vueltas. Causa o consecuencia. Cuando miro vidas extraordinarias siempre termino en lo mismo. Las condiciones que veo como obsesión, aislamiento y agotamiento, son causa del resultado o síntoma de otra cosa?? Esta indagación que escribí empuja hacia lo primero. Pero la pregunta sigue abierta. Pendiente para cuando quiera hacer un ensayo con respaldo. \- Wallas, modelo de incubación. \- Eyal Segal, el marco organizador falso. \- Bilalić, efecto Einstellung. \- Hommel, teoría de metacontrol. \- Byung-Chul Han, La sociedad del cansancio. Nada de eso está en la indagación y probablemente no debería estar. Pero ahí queda la biblioteca. Tres piezas que aparecieron durante el proceso y que no cabían acá. \- Protocolo chamánico involuntario. \- Descubrimientos atribuidos al genio que probablemente fueron estados alterados de conciencia. \- Diferencia entre llegar al estado alterado entregando o recibiendo. Me encanta este tema. Debo dedicarle tiempo a una investigación 100% independiente. ### La noche que desperté a todo el edificio URL: https://www.edugarrido.com/la-noche-que-desperte-a-todo-el-edificio/ Last updated: 2026-09-16T01:17:48.000Z Era un jueves de fines del 2023 en Bogotá. Vengo llegando de La Casa del Oso donde hacen jam de blues y fui a tocar un rato para recordar que a veces también soy músico. Entre risas y cervezas con los amigos se nos hicieron las 3 de la mañana. Me bajo del uber frente al edificio donde vivo hace un par de meses más borracho que lúcido y cuando ya estoy frente a la puerta me acuerdo: son más de las 11 de la noche. Suspiro y saco el teléfono... El ritual de todas las noches era simple aunque siempre me pareció absurdo: abrir una aplicación que por lo menos tiene 8 años de que fue desarrollada y que claramente fue creada para alarmas de procesos industriales, darle clic a un botón que nunca te deja claro si realmente desactivó la alarma, escanear mi cara en un panel con cámara junto a la puerta, y entrar. Pero esa noche la aplicación decidió no conectar con el sistema del edificio. 10 minutos parado en la calle mirando una pantalla que no respondía. Empecé a maldecir. Existía un procedimiento alternativo. Lo conocía en teoría, nunca lo había hecho: escanear la cara de todos modos, entrar y desactivar la alarma desde una consola antes de 15 segundos... antes de que comenzara el apocalipsis. Nada del otro mundo, lo mismo que cualquier alarma de casa. Respiro, escaneo mi cara y suena el pitido. Empezaron a correr mis 15 segundos. Señoras y señores... empieza el show. Claro, no estaría contando esto si el proceso fuera tan básico. La puerta con su gran sistema automatizado se abre a la velocidad de una pared de piedra en una película de Indiana Jones... aunque de pared de piedra tiene poco: es grande, del doble de ancho de una puerta normal, pero al moverse se ondula entera, como una lata que baila con su propio movimiento. Ni hablar de empujarla porque la criatura se traba y multa por dañar la infraestructura del edificio. Así que ahí estoy yo, a las 3 de la mañana, viendo como la puerta se abre con toda tranquilidad mientras mis segundos corren. Cuando por fin me deja pasar, entro corriendo como si me estuvieran persiguiendo. Llego al fondo del pasillo, hasta un escritorio donde alguna vez trabajó un conserje. Atrás del escritorio en la pared, hay una consola con una cantidad absurda de botones donde hay que meter un código que empiezo a buscar en un chat de WhatsApp con el teléfono temblando, me doy cuenta qué ya no estoy tan seguro de que la recuerdo bien. No alcancé. La alarma de este edificio, digamos... no es una alarma. Es más parecido a una sirena de aviso de bombardeo que me recordaba uno de esos documentales de la 1ra guerra mundial. Cuando empezó a sonar, estoy seguro de que desperté a la cuadra completa. Me quedé ahí mirando el techo sin ninguna idea de qué hacer, hasta que un vecino del primer piso se asomó. Le alcancé a decir algo como "por favor, ayúdeme a desconectar esta mierda". Me miró, la desconectó desde adentro de su departamento sin decirme una palabra y cerró su puerta de un portazo. Subí la escalera con la borrachera evaporada y una sensación que conocía de otra parte: la de sentirme un imbécil por algo que no terminaba de entender cómo había sido culpa mía. Minutos después el grupo de WhatsApp del edificio empezó a llenarse. Inconscientes!! Irresponsables!! Cómo es posible!! --- Antes de ese sistema, entrar al edificio de noche era esto: tocar un timbre, un conserje abría, uno cerraba la puerta con la mano, buenas noches Don Juan y a dormir. Un gesto tan pequeño que nadie lo pensaba. Esa es la marca de las cosas que funcionan... no las pensamos. No existe la categoría mental "entrar a mi casa" como problema a resolver, de la misma forma en que no existe la categoría "respirar". Uno sabe que resultan. Punto. En algún momento algún ingeniero genio más preocupado por ganar un negocio a como de lugar, le vendió a este edificio la eliminación de ese gesto. El conserje de noche desapareció. En su lugar quedó una cámara, una puerta motorizada, una alarma automática y una aplicación que funciona cuando quiere. Y quedó algo más, que es el verdadero tema de este texto, aunque tardé meses en verlo. Hay una imagen de esos meses que vuelve más que ninguna otra. Las noches en que todo funcionaba (la aplicación conectaba, la alarma se desactivaba, la cara pasaba el escáner) igual quedaba la última parte del ritual que era esperar adentro a que la puerta terminara de cerrarse para poder reactivar la alarma. 6 segundos en abrirse. 5 abierta. 6 más en cerrarse. 17 segundos parado adentro, a las 3 de la mañana, mirando una puerta abierta a la calle, cruzando los dedos para que no entrara alguien corriendo, me pusiera un cuchillo en el cuello y me quitara todo sin que yo pudiera hacer nada... ni siquiera cerrar la puerta, porque la puerta no se puede tocar, multa por intentar sobrevivir. Ese era el cuadro completo: el sistema de seguridad del edificio quieto en su pared y yo haciendo guardia en la madrugada para que nadie se metiera por la puerta que el propio sistema dejaba abierta. El guardia cuidando al sistema de seguridad. --- Lo que el sistema hizo no fue automatizar la puerta. Fue redistribuir un trabajo. Antes había un operador y era un hombre en un escritorio, despierto y cuya función era administrar la entrada. Después del sistema ese trabajo no desapareció y se repartió en todos los residentes del edificio, que pasaron a ser operadores nocturnos de un sistema de seguridad. Ahora todos son responsables de desactivar la alarma en la ventana correcta, de reactivarla al entrar y de convivir con una puerta que no se puede tocar. 50 personas haciendo mal y de mala gana el trabajo que antes hacía una sola persona bien. Hay un detalle que explica por qué lo hacíamos mal. Desactivar una alarma no tiene nada de difícil, pero es muy distinto pegar un penal en un partido de barrio que pegarlo en la final de un mundial. La acción es exactamente la misma, lo que cambia es el peso de la responsabilidad. Si la alarma de tu casa suena un segundo, da lo mismo. Si esta sonaba, despertaba a un edificio entero de abuelos y familias durmiendo. El responsable tiene nombre. Por eso entré corriendo esa noche... no corría contra los 15 segundos, corría contra el tamaño del error. Nadie lo formuló así por supuesto, se formuló como modernización. No voy a negar que entiendo el atractivo, porque conozco el argumento desde adentro. Llevo años construyendo software y el discurso de venta estrella de toda automatización es el mismo "reducir el costo de tener una persona contratada". Es un argumento real. El ahorro existe, se ve en la planilla, se celebra en la reunión, pero con los años aprendí a completar la ecuación: > Una automatización mal implementada es una disminución de costo tangible a cambio de un aumento invisible en la responsabilidad repartida entre las personas. El sueldo del conserje desapareció del presupuesto, pero su responsabilidad no desapareció de ninguna parte y se convirtió en algo peor que un costo. Se transformó en una carga que cada residente tuvo que absorber sin poder hacer nada y que nadie puede pagar para sacarse de encima. El conserje cobraba por cargar eso. Nosotros lo cargamos gratis. La parte que de verdad me interesa de todo esto y es la que nadie mira es cuando entendí que el trabajo se repartió y esa decisión de repartirla se volvió invisible. En el grupo de WhatsApp la noche de la sirena nadie escribió contra el sistema, nadie escribió contra la empresa que lo vendió ni contra la administración que lo aprobó, ni contra el diseño que exige a una persona medio dormida ejecutar una secuencia de botones contra reloj. Todos los mensajes iban contra mí. Contra el que se le ocurre llegar tarde. Contra los inconscientes. Es como si el sistema además de la puerta, hubiera automatizado la asignación de culpa. La decisión desapareció de la vista, pero la rabia no desapareció. La rabia busca al que queda visible... y el que queda visible nunca es el que decidió, es el que anda más expuesto por su forma de vivir. En este edificio los expuestos éramos los que salíamos de noche. La falla estaba en el sistema. La cara que le pusieron fue la mía. --- Hay una regla que uno aprende construyendo software y que este edificio me hizo entender mejor que cualquier cliente: **las cosas cotidianas no admiten mejora a medias**. Entrar al edificio donde vives, cerrar una puerta, dormir sin operar consolas... son procesos que ya estaban resueltos, tan resueltos que habían desaparecido de la conciencia. **Automatizar algo así no se mide contra cero, se mide contra la perfección invisible de lo que ya funcionaba**. Cualquier fricción nueva no es un costo menor: es la reaparición de un problema que había dejado de existir. --- ¿Y qué pasó después? Pasó que la alarma siguió sonando. No solo conmigo, a otros vecinos les tocó su turno de hacer sonar la alarma en la madrugada y de recibir su lluvia de mensajes. Ofrecí ayuda... soy ingeniero, esto es literalmente lo que hago: revisar el sistema, hablar con la empresa que lo implementó, buscar una solución de verdad. Otro vecino con conocimiento técnico ofreció lo mismo. La respuesta fue el silencio. En el edificio hay una señora que lleva décadas viviendo ahí. No es la presidenta de la junta, pero es la que decide, porque se siente con el poder de hacerlo y nadie se lo discute. Ella fue parte de los que aprobaron el sistema y nunca quiso dar el brazo a torcer. No accedió a hablar conmigo. Cuando el reclamo se calentó lo suficiente, la junta se reunió con la empresa y nos enteramos después porque no le avisaron a nadie. A la reunión no fue invitado ninguno de los que habíamos ofrecido ayuda técnica. Fueron los mismos de siempre. De esa reunión salió la solución final: **desactivaron la alarma**. De verdad, decidieron desactivar la alarma, yo no me la podía creer. No la arreglaron... la apagaron. Ya no se activa sola a las 11 de la noche, ya no hay que desconectarla ni reconectarla, la pobre ya no puede sonar. Del sistema completo quedó una puerta lenta que se abre haciendo muecas con la cara en una cámara. El edificio que despidió a su conserje para modernizar su seguridad terminó sin conserje, sin alarma y sin seguridad. Todos quedamos conformes, porque en algún punto de la pelea sin que nadie lo notara, el objetivo cambió: ya no peleábamos por recuperar lo que teníamos. Peleábamos porque dejara de doler, de molestar... queremos nuestra calma y tranquilidad, que nadie nos moleste. --- Hasta acá esto es una historia divertida y un poco indignante, pero debajo de toda la burla hay un tema de fondo y es la verdadera razón por la que escribo esto. Algo que hoy es más común de lo que pensamos y es que olvidamos el porqué de las cosas cuando nos obsesionamos con automatizarlas. Piensen en lo que es una puerta. Debe ser el mecanismo de seguridad más antiguo del mundo. Su único trabajo es que el que vive adentro pueda cerrarle el paso al que está afuera, con un gesto simple, cuando quiera. Miles de años funcionando. Difícil encontrar un sistema más probado. Acá alguien decidió que la puerta tenía que abrirse sola. Para que una puerta se abra sola se necesita un motor y un motor necesita la fuerza para mover la puerta. Ya sabemos que la puerta de un edificio como este debería ser gruesa, pesada, de las que protegen de verdad. Ningún motor razonable la mueve. ¿La solución? Cambiar la puerta. Por eso la puerta es enorme pero de lata, por eso se ondula cuando se mueve, por eso el motor apenas puede con ella y se traba si alguien la toca. No es que la puerta sea lenta, es que el motor va al límite de sus fuerzas moviendo una puerta que nunca debió ser así de débil. Ahí está el error completo, se obsesionaron con que la puerta se abriera sola y olvidaron para qué existe una puerta. El motor pasó a ser lo importante y la puerta quedó a su servicio. Este es un patrón que veo cada vez más seguido: lo nuevo ya no se pone al servicio de lo que funciona... lo que funciona se debilita para que lo nuevo pueda funcionar. Debilitaron el núcleo del sistema de seguridad para que la parte automática anduviera. Una puerta de lata que no se puede tocar, que castiga con multa el gesto más antiguo del mundo... eso ya no es una puerta. Es un motor con un panel de lata colgando. --- Hoy la puerta sigue abriéndose lento y ondulándose como siempre. Cada vez que llego de noche y paso mis 17 segundos entre entrar y que se cierre la puerta, pienso en lo mismo. Este edificio como cualquier otro, tenía resuelta la acción de entrar. Lo tenía tan resuelto que nadie lo pensaba. Un timbre, Don Juan, una puerta que se cerraba con la mano. Contra eso competía cualquier sistema nuevo, no contra cero, contra lo perfecto invisible. Esa es la pregunta que me quedó y que me persigue cada vez que en mi propio trabajo alguien propone automatizar algo **¿para qué innovar en lo que nadie sentía roto?** La respuesta de siempre es ahorrar costos, pero eso es lo que nunca se piensa bien, "**una automatización mal hecha no ahorra costos, los transforma**". El sueldo que salió de la planilla volvió convertido en malestar, en peleas de WhatsApp, en 50 personas cargando una responsabilidad que nadie les pagó. El costo no desapareció... solo cambió de moneda y la nueva moneda la pagamos todos. No es una pregunta contra la tecnología, yo vivo de construirla. Es una pregunta anterior la que hay que responder antes de tocar cualquier cosa que funciona **¿entiendo por qué existe esto que quiero reemplazar?** El que instaló este sistema no se la hizo. El ahorro se puede mostrar en una planilla. Lo que no aparece en ninguna planilla es lo que se rompió: el gesto que no se piensa, el saludo a Don Juan, cerrar con la mano al entrar. Esas cosas simples son un regalo y acá el regalo se convirtió en prueba... llegar cansado a la casa y tener que ganarse la entrada. Una puerta debería ser solo una puerta. --- ### **Temas abiertos por investigar** Esta señora que se cree dueña del edificio quedó fuera de este texto y creo que ahí hay una pieza propia. El poder informal. La persona que decide sin tener el cargo, porque nadie se lo discute. Cómo se gobierna de verdad una comunidad más allá de su estructura formal. Esto lo he visto en edificios, en empresas, en clientes de mi empresa Koyag. Revisar. El momento en que el objetivo de una pelea cambia sin que nadie lo note. Ya no recuperar lo que había, solo que deje de doler. Sospecho que esto explica muchas reformas, muchos arreglos, muchos matrimonios. No sé todavía qué tan grande es esta idea. Grande, creo. La inversión del servicio. Lo normal sería que lo nuevo estuviera al servicio de lo probado. Cada vez veo más lo contrario: lo probado se debilita para servir a lo nuevo. La puerta de lata al servicio del motor. El empleado con experiencia adaptándose a la herramienta. La pregunta que cambió sin que nadie avisara ya no es "¿funciona mejor?", es "¿es más moderno?". Cuando la modernidad deja de ser medio y pasa a ser criterio, todo lo probado queda en deuda por viejo. Acá hay una indagación entera. Esto se toca con el ensayo "[Cómo terminé un jueves en el desierto a las ocho de la mañana](https://www.edugarrido.com/como-termine-un-jueves-en-el-desierto-a-las-ocho-de-la-manana/)". La misma estructura: la decisión se borra y la culpa busca al que quedó visible. Allá era un niño en un arco, acá un tipo frente a un panel de alarma. Ya son dos piezas con el mismo mecanismo. Un patrón que puede transformarse en algo más estructural. ### La cabra de Santa Anselma URL: https://www.edugarrido.com/la-cabra-de-santa-anselma/ Last updated: 2026-09-14T14:10:39.000Z Hay momentos en que la realidad parece equivocarse por unos segundos. Esa sensación de que todo sigue en su lugar, pero aparece algo que no pertenece. Lo más desconcertante no es lo que uno ve, sino no encontrar a nadie que confirme que aquello está pasando. Tenía catorce años y vivía en Santiago de Chile. No en un pueblo ni en el campo... en plena capital. Estudiaba en un colegio católico y en esos años la fe era parte natural de mi vida. Todos los domingos iba a misa al mediodía y participaba en los grupos salesianos, algo que me gustaba y esperaba toda la semana. Era un domingo cualquiera. Había salido de la iglesia cerca de las dos de la tarde y caminaba por una calle que se llamaba Santa Anselma que llegaba casi directo a mi casa. Siempre me acuerdo del silencio de ese momento. Un silencio denso, sin fondo, de esos que en una ciudad no deberían existir. No había autos, no había vecinos, no había niños jugando. No había nadie, solo una calle de Santiago completamente vacía y yo caminando. Entonces escuché la campana. Primero fue un sonido lejano. Después volvió a sonar, un poco más cerca. No era un motor ni una bicicleta, era una campana que se acercaba a toda velocidad desde atrás. Caminé unos metros más hasta que la curiosidad pudo más y me di vuelta. Era una cabra... blanca, de esas que uno asocia al campo. Llevaba un collar ancho de cuero con una campana grande que sonaba con cada salto mientras corría por la calle en la misma dirección en que yo iba. Me quedé inmóvil. La vi acercarse desde el fondo de la calle hasta pasar frente a mí sin bajar la velocidad. Ni siquiera pareció notarme. Siguió corriendo, como si conociera perfectamente el camino. Me quedé parado viéndola alejarse, la figura blanca cada vez más pequeña, el sonido de la campana perdiéndose. No atiné a seguir caminando. No atiné a correr detrás de ella. Me quedé ahí, tratando de entender qué acababa de pasar. No fue miedo. Fue otra cosa. Lo sé... yo sé que si estás leyendo esta historia quizás estás pensando "pero qué tiene de interesante esto", y es que para mí no tuvo ninguna lógica, porque no había forma de ver un animal de campo en la ciudad corriendo con una campana por la calle. Inconscientemente empecé a mirar para todos lados buscando la mirada de alguien. Miré hacia las casas, hacia las veredas, hacia cualquier lado donde podría haber otra persona mirando lo mismo que yo. Necesitaba cruzar una mirada que me dijera que aquello también estaba pasando para alguien más. O quizás lo contrario: que si veía normalidad en otra cara, tal vez el exagerado era yo y la escena era más normal de lo que pensaba. No había nadie. Solo yo, una calle vacía y una cabra blanca con una campana al cuello perdiéndose en el horizonte. Nunca supe de dónde venía ni hacia dónde iba. Tampoco volví a ver nada parecido. Quedó esa imagen imposible y la sensación de haber sido el único testigo de algo que no correspondía al lugar ni al momento en que ocurrió. Han pasado muchos años y por alguna razón no he olvidado aquella situación que pareciera no tener nada del otro mundo. Cuando vuelvo a ese domingo, lo primero que aparece no es la cabra. Es el sonido de la campana acercándose desde atrás, atravesando el silencio de una calle vacía de Santiago, como si por unos segundos la ciudad hubiera decidido dejar de obedecer su propia lógica. --- ### **Temas abiertos por investigar** El silencio antes de la cabra. Cada vez que vuelvo al recuerdo aparece eso primero, no el animal. El silencio absoluto en una ciudad, que no debería existir y que me avisó de que algo estaba raro antes de que pasara nada. Como si el cuerpo hubiera sabido antes que yo. Ahí hay algo. Lo que de verdad me quedó dando vueltas no es haber visto la cabra. Es haber necesitado que alguien más la viera. La urgencia de buscar un testigo. Qué es eso??? Por qué no me bastaba con mis propios ojos. Necesitaba una cara que confirmara o que negara, para saber en qué mundo estaba parado. Se conecta con el título de mi página de una manera casi literal y no sé si eso es bueno o demasiado obvio. Estar del otro lado de una experiencia que nadie más presenció. Dejar anotado que la resonancia existe. Tengo que ver si hago algo con ella. Pregunta que queda. Cuántas de estas cosas vemos y descartamos porque nadie estaba al lado para confirmarlas. La realidad que damos por real quizás es solo la parte que alguien más nos ratificó. Lo demás lo borramos por las dudas. Eso es más grande que la cabra y todavía no sé cómo se escribe. ### Hay algo sobre como miramos la genialidad que no me convence URL: https://www.edugarrido.com/hay-algo-sobre-como-miramos-la-genialidad-que-no-me-convence/ Last updated: 2026-09-16T01:19:03.000Z Leonardo da Vinci murió sintiéndose un fracasado. En sus últimos días, el hombre que hoy es sinónimo de genio lamentaba no haber trabajado en su arte como debía, convencido de que con todo lo que dejó sin terminar había ofendido a Dios y a los hombres. No era falsa modestia. En toda su vida completó apenas una veintena de pinturas. La *Mona Lisa* le tomó cerca de veinte años y probablemente nunca la dio por terminada. *La Última Cena* la cerró solo cuando su mecenas amenazó con cortarle el dinero. *La Adoración de los Magos* quedó a medias. El gran caballo de bronce que iba a fundir nunca llegó a construirse. Esa imagen, "la del genio máximo muriendo con la sensación de haber perdido el tiempo", fue la que se me quedó grabada de un libro que compré hace unos ocho años, casi por casualidad. Estaba esperando un vuelo en el aeropuerto internacional José María Córdova en Medellín. Había una tormenta y el vuelo se retrasó un par de horas. Caminando sin mucho que hacer entré a una librería, no buscaba nada en particular, pero uno me llamó la atención por la portada: *Maestría*, de Robert Greene. Lo compré por impulso y lo leí en muy poco tiempo. Me fascinó. Greene hace algo que al menos a primera vista, suena completamente razonable: toma las vidas de personajes como Leonardo, Darwin, Faraday o Mozart para intentar responder una pregunta enorme, ¿Qué tienen en común las personas capaces de hacer cosas extraordinarias? La idea es seductora. La maestría no sería un don reservado para unos pocos, sino un proceso que puede descomponerse, aprenderse y repetirse. Años de aprendizaje junto a un mentor, práctica profunda, entrega total a lo que uno hace. Si haces lo que ellos hicieron, llegas donde ellos llegaron. Greene no está solo en esto. Es parte de toda una corriente que se volvió enorme durante las últimas dos décadas. Malcolm Gladwell popularizó la regla de las diez mil horas en *Fuera de Serie*. Cal Newport escribió que la pasión importa menos que volverse tan bueno que no te puedan ignorar. Angela Duckworth convirtió el *grit*, esa mezcla entre pasión y perseverancia, en uno de los grandes predictores del éxito. Hay una biblioteca completa de libros como *Talent Is Overrated*, *Drive* o *Peak* que desde distintos lugares, terminan llegando más o menos al mismo punto: la grandeza no es un misterio, es un método. Práctica deliberada, tiempo, foco, disciplina. La receta está disponible... solo hay que seguirla. Sería un error decir que no hay algo profundamente valioso en esa idea. Detrás de casi cualquier logro extraordinario hay una cantidad inmensa de trabajo y la cultura del talento innato muchas veces termina siendo una excusa elegante para no esforzarse. En eso estos libros tienen razón. Cuando terminé *Maestría* me quedó una sensación extraña. No era que estuviera en desacuerdo con el libro, todo lo contrario, me había parecido brillante. El problema era otro. Había algo en la forma en que explicaba esas vidas que por alguna razón, nunca terminó de convencerme y durante años no supe ponerle nombre a esa incomodidad. Cada vez que volvía a pensar en el libro, la imagen que regresaba era siempre la misma: la de Leonardo, muriendo con la sensación de no haber hecho lo suficiente. Hace poco (por fin), creo que entendí por qué. No tiene que ver con Greene ni tampoco con Leonardo. Tiene que ver con una pregunta que hacemos demasiado poco: cuando intentamos entender cómo alguien llegó a hacer una obra extraordinaria, ¿estamos mirando la causa o estamos mirando la consecuencia? Para explicar por qué esa pregunta me da tantas vueltas, tengo que volver a Leonardo. No era falta de talento obviamente, era otra cosa mucho más difícil de explicar: Leonardo no podía avanzar sin entender, y entender para él, parecía ser un camino sin final. Para pintar bien un cuerpo necesitaba saber cómo funcionaba por dentro, así que diseccionó cadáveres y llenó cuadernos con dibujos anatómicos que hoy se consideran de los mejores que se hayan hecho jamás. Pero nunca los publicó. No podía cerrarlos porque lo que veía con sus propios ojos no terminaba de encajar con lo que decían los libros de su época y esa contradicción lo detenía. Sus estudios quedaron entre sus papeles durante siglos. Esa es la parte que las biografías suelen contar poco. No la del hombre que lo entendía todo, sino la del hombre que no podía dejar de intentar entender. El que empezaba un encargo y terminaba estudiando la anatomía del hombro, la física del agua o la mecánica del vuelo de un pájaro mientras el cuadro esperaba años sobre el caballete. El que a los treinta ya tenía fama de genio y al mismo tiempo casi nada terminado que mostrar. Lo curioso es que cuanto más leía sobre Leonardo, menos me parecía que hubiera elegido esa forma de trabajar. Aquella incomodidad que llevaba ocho años sin nombre empezó por fin a tomar forma, no porque creyera que Greene estuviera equivocado, sino porque empecé a preguntarme si no estaríamos mirando estas vidas desde un lugar ligeramente distinto al que realmente las produjo. Pensemos en quiénes suelen aparecer en este tipo de libros. La lista cambia un poco según el autor, pero el mecanismo casi siempre es el mismo. Se toma una vida extraordinaria y se la desarma buscando el patrón: cuántas horas practicó, qué disciplina tuvo, qué mentor encontró, qué decisiones tomó temprano, como si de esa vida pudiéramos extraer una fórmula y volver a aplicarla. Es justo en ese gesto donde algo dejaba de cerrarme. No porque esas horas no hubieran existido —claro que existieron—, sino por otra cosa: ¿estamos seguros de que esas horas explican realmente lo que ocurrió? Tomemos uno de los ejemplos favoritos de esta literatura, The Beatles. Gladwell los utiliza para explicar la regla de las diez mil horas. Antes de convertirse en el fenómeno que todos conocemos tocaron durante años, noche tras noche en Hamburgo, Alemania. Horas interminables sobre un escenario. Es un ejemplo extraordinario del valor de la práctica y probablemente tenga razón. Pero dentro de esos mismos Beatles estaba John Lennon, un niño marcado por el abandono de sus padres y la muerte temprana de su madre, que convivió buena parte de su vida con la depresión, la rabia y las adicciones. Ahora el ejemplo se vuelve más interesante de lo que Gladwell cuenta. Porque si uno se detiene a mirarlo no fueron solo las horas, fue dónde y con quién ocurrieron esas horas. Lennon no estuvo encerrado practicando en soledad: estuvo en una banda, con otros que lo empujaban, lo contenían y lo obligaban a transformar todo lo que traía adentro en algo que se podía cantar arriba de un escenario. Esa cabeza intensa, difícil, muchas veces al borde, encontró un lugar donde volverse canción en lugar de volverse contra sí misma. No puedo evitar preguntarme qué habría pasado con ese mismo Lennon en otras condiciones. Con la misma mente, la misma herida, la misma intensidad, pero solo. Sin banda, sin Hamburgo, sin nadie que lo llevara hacia afuera. Probablemente habría sido otro genio incomprendido más, de esos que nadie alcanza a homenajear en vida porque nunca tuvieron el entorno que convirtiera su forma de ser en una obra. Las horas fueron reales... el oficio también, pero cuesta no sospechar que lo decisivo no fue solo cuánto practicó, sino haber caído en el lugar donde esa manera de ser tenía dónde apoyarse. Esa parte rara vez aparece cuando contamos la historia, no porque sea falsa, sino porque vuelve mucho más difícil convertir esa vida en un método que uno pueda seguir solo, en su casa, contando horas. Ahí empecé a sospechar que existía una diferencia entre reconstruir una biografía y reconstruir una experiencia. Por eso nuevamente volví a Leonardo. Cuando hoy se habla de él solemos destacar su curiosidad ilimitada, su capacidad para cruzar disciplinas y su paciencia para observar durante décadas. Todo eso es cierto. Pero también es cierto que pasó buena parte de su vida sin poder terminar lo que empezaba, que convertía un cuadro en una investigación sobre anatomía, que una pregunta lo llevaba a otra y esa a otra más, hasta que el proyecto original desaparecía detrás de una necesidad mucho más grande de comprender. Cuando uno lo cuenta desde afuera, todo eso puede sonar como una estrategia extraordinaria de aprendizaje. Cuando uno intenta imaginar cómo debía sentirse vivir dentro de esa cabeza, ya no estoy tan seguro. Porque ahí aparece una diferencia que al menos para mí, cambia completamente la lectura: no creo que Leonardo dedicara veinte años a una pintura porque hubiera descubierto una técnica para convertirse en maestro. Cada vez me parece más probable que dedicara veinte años porque no podía hacer otra cosa y esa diferencia no es menor, porque una cosa es convertir una conducta en una recomendación y otra muy distinta es asumir que esa conducta fue la consecuencia de una manera de experimentar el mundo que nunca eligió. Con Charles Darwin, el naturalista inglés que descubrió que todas las especies evolucionan y descienden de ancestros comunes, empecé a sentir exactamente la misma incomodidad. Después de regresar de su viaje en el Beagle —esa expedición científica que comenzó en 1831, cuando apenas tenía veintidós años y que durante cinco años recorrió Sudamérica y Oceanía— pasó más de cuarenta años enfermo. Vómitos, dolores de estómago, palpitaciones, ataques de angustia que lo despertaban en mitad de la noche, temporadas enteras en las que apenas podía levantarse del sillón. Decenas de médicos intentaron entender qué le ocurría y ninguno logró encontrar una explicación convincente. Se encerró en su casa de campo, evitó congresos, redujo al mínimo el contacto con otros científicos, y durante años se comunicó con el mundo casi exclusivamente por carta. Fue en medio de esa vida donde escribió *El origen de las especies*, uno de los libros más influyentes de la historia. Cuando estas biografías aparecen resumidas en libros sobre maestría, muchas veces se presentan como el ejemplo de alguien que encontró las condiciones ideales para concentrarse y puede que haya algo de verdad en eso, pero cada vez me cuesta más pensar que cuarenta años de enfermedad puedan entenderse únicamente como una estrategia de productividad. Darwin no se aisló porque hubiera leído que el aislamiento favorece el pensamiento profundo, se aisló porque estaba enfermo, porque el mundo exterior parecía resultarle insoportable. Que de ese aislamiento haya surgido una de las teorías más importantes de la historia no convierte automáticamente ese aislamiento en un método. Fue en Darwin donde por fin pude ponerle nombre a aquello que me había acompañado desde que cerré Maestría por primera vez. No creo que estos libros oculten deliberadamente nada, pero sí creo que sin querer hacen una operación muy sutil: toman el comportamiento visible y lo presentan como si fuera el origen, cuando quizás era la consecuencia. ![](https://storage.ghost.io/c/99/39/9939acea-f9a2-4aa5-adcd-1a5548b6a635/content/images/2026/07/Dise--o-sin-t--tulo--2--1.png) Lo curioso fue que una vez que empecé a mirar estas historias desde ese lugar, dejé de ver esa operación solo en los personajes de Robert Greene. Empezó a aparecer en lugares completamente distintos. El último fue una película que vi hace un par de semanas, La *Verdad Oculta (*titulada originalmente *Concussion)*, protagonizada por Will Smith que cuenta la historia real de un patólogo forense llamado Bennet Omalu. Por cosas de la vida, le tocó hacer la autopsia a un exjugador de fútbol americano que había muerto con apenas cincuenta años, arruinado y completamente deteriorado. Omalu esperaba encontrar un cerebro devastado, pero a simple vista se veía casi normal y esa contradicción no lo dejó tranquilo. Podría haber firmado el informe y seguir con su vida. Hizo lo contrario: mandó a fijar y preservar el cerebro, pagó de su propio bolsillo estudios especializados que su oficina no cubría, hizo cortar el tejido en cientos de láminas finísimas para mirarlo bajo el microscopio y se puso a aprender desde cero sobre un deporte que ni siquiera le interesaba. No lo hacía para hacerse famoso, ni siguiendo un método para llegar a un gran descubrimiento, sino porque había una pregunta que simplemente no podía dejar sin responder. De esa obsesión terminó saliendo el descubrimiento del daño cerebral que la NFL (La National Football League, en español conocida como Liga Nacional de Fútbol Americano) llevaba décadas ignorando. Con ese descubrimiento llegaron también las amenazas, el descrédito, los ataques públicos y años muy difíciles para él y su familia. Tres años y varias muertes de exjugadores después, el mundo terminó aceptando que tenía razón. Cada vez que vuelvo a esa historia me pasa lo mismo que con Leonardo o con Darwin: lo que más me impresiona no es el descubrimiento, es la imposibilidad de abandonar la pregunta. Entonces apareció otra idea que tampoco deja de darme vueltas. Con los genios del pasado tenemos una relación muy cómoda. Leonardo ya murió, Darwin también y hoy podemos admirarlos sin tener que convivir con ellos. Sus obsesiones quedaron transformadas en capítulos de una biografía, sus rarezas se volvieron pintorescas. Lo que en vida probablemente fue agotador para ellos y para quienes los rodeaban, con el tiempo terminó convertido en una historia inspiradora. Pero cuando una persona con esa misma intensidad está viva, la reacción suele ser muy distinta. Ya no hablamos de curiosidad, hablamos de obsesión. Ya no hablamos de profundidad, hablamos de que no sabe soltar. Ya no hablamos de una mente brillante, hablamos de alguien complicado. Probablemente muchas veces haya buenas razones para decirlo, porque hay algo que estos libros tampoco pueden resolver: por cada Leonardo que terminó cambiando la historia hubo miles de personas con una forma de pensar igual de intensa que nunca descubrieron nada extraordinario. Gente que pasó la vida persiguiendo preguntas que no llevaron a ninguna parte. Muchos terminaron simplemente agotados. Por eso tampoco creo que haya que romantizar esta manera de funcionar. No creo que sea un superpoder, ni mucho menos una receta. Lo único que me cuesta aceptar es la facilidad con la que una vez que alguien llega a hacer una obra extraordinaria, reconstruimos su vida como si todo hubiera sido el resultado de una serie de decisiones perfectamente replicables. Quizás la disciplina estuvo ahí. Quizás las miles de horas también. Pero cada vez me cuesta más creer que eso alcance para explicar una vida. No escribo esto para desmerecer el trabajo de Robert Greene ni el de todos quienes han intentado entender qué hay detrás de la excelencia humana. Al contrario, creo que ese esfuerzo ha producido ideas valiosas y ha ayudado a derribar el mito del talento como un regalo reservado para unos pocos. Lo que sigo preguntándome es otra cosa: si al convertir estas vidas en métodos no estaremos dejando fuera precisamente aquello que las hizo posibles. Es un hecho que las horas de práctica fueron ciertas y la disciplina también, pero sigo sin saber si fueron el origen de la historia o simplemente las huellas que dejó una forma muy particular de estar en el mundo, y por lo mismo, últimamente me pregunto algo todavía más incómodo. ¿Y si esas diez mil, quince mil horas de trabajo sin parar no fueron ni siquiera una huella neutra, sino un síntoma? Hay personas que no pueden dejar pasar una pregunta y no hablo de curiosidad intelectual, hablo de algo más parecido a una imposibilidad: no soportar no entender por qué ocurre lo que ocurre, quedarse atrapado en un problema y no poder salir hasta haberlo recorrido entero. Da Vinci no podía terminar el cuadro si antes no entendía cómo funcionaba el cuerpo por dentro. Omalu no podía firmar el informe y seguir con su vida. Para ellos entender no era una meta, era una condición para poder estar en paz. Quizás ahí esté la parte que los libros de maestría nunca cuentan. Que esas horas interminables de foco, soledad y encierro no eran el camino hacia la respuesta, eran la forma de sobrevivir a la pregunta. Un ruido intenso, constante, que no se apaga y que tal vez solo bajaba de volumen mientras corrían detrás de él. Las miles de horas no eran el motor, eran la desesperación de quien lleva años persiguiendo algo que no lo deja descansar y que descubrió que la única manera de que ese ruido bajara aunque fuera un poco, era seguir corriendo. Si todas estas piezas que fui conectando apuntan a lo que creo, entonces estuvimos leyendo estas vidas exactamente al revés. No admiramos la solución de un genio, admiramos la huella de su desesperación y le pusimos el nombre de método. Y por eso creo que por fin entendí qué era aquello que nunca terminó de convencerme. No era el método... es que copiamos el encierro, las horas, el foco enfermizo, sin darnos cuenta de que no era una fórmula para llegar lejos, sino quizás la única forma que han encontrado de huir de sí mismos. --- ### **Temas abiertos por investigar** La hipótesis del síntoma. Que las horas no eran el camino sino la forma de huir del ruido. Apareció recién al final y creo que es lo más importante de toda la indagación. No la trabajé, la solté. Ahí hay algo más grande esperando. Lo del entorno. Lennon sostenido por la banda, Da Vinci y Darwin solos. La misma cabeza, distinto destino según con quién cayó. Quedó apenas insinuado. ¿Qué hace que una mente así florezca en vez de hundirse? Sospecho que no es la disciplina. Es haber tenido a alguien al lado. Eso pide su propia pieza. Lo que más me inquieta quedó al final. Que esto no es sobre genios muertos, es sobre el que tengo al lado ahora y no sé mirar. Al muerto lo homenajeo tranquilo. Al vivo lo corrijo. Ahí hay algo incómodo que no terminé de abrir. Omalu quedó comprimido a un par de párrafos pero da para más. El detalle de que le pide permiso a los muertos antes de cortar. La fe como motor del que no suelta. Cómo sostuvo años de persecución de la NFL sin abandonar. Todo eso lo dejé fuera. La diferencia entre reconstruir una biografía y reconstruir una experiencia. Lo dije al pasar y me quedó sonando. Capaz es el corazón de algo. Toda la industria de la maestría vive de lo primero y no puede tocar lo segundo. Pendiente para cuando quiera el ensayo con respaldo. Ericsson y lo que de verdad dijo el estudio de las diez mil horas versus lo que hizo Gladwell con él. La distorsión está documentada por el propio Ericsson. Nada de eso entró acá y probablemente no debía. Pero ahí queda. ### Cómo terminé un jueves en el desierto a las ocho de la mañana URL: https://www.edugarrido.com/como-termine-un-jueves-en-el-desierto-a-las-ocho-de-la-manana/ Last updated: 2026-09-16T01:18:42.000Z Crecí en Santiago de Chile, en una calle sin salida que terminaba en una placita de tierra apretada entre las casas. Más que una plaza, era un pedazo de tierra con maleza, algo de árboles y un círculo de cemento al medio. Era de esos lugares donde si te caías quedabas con las rodillas peladas y sangrando. Era lo menos parecido a una cancha para jugar a la pelota, pero se daba que justo habían dos árboles de un lado y dos del otro, y eso alcanzaba para armar algo. Una cancha que se alargaba hacia la derecha en forma de triángulo, con los árboles haciendo de arcos. Ahí jugábamos a la pelota los fines de semana. En verano que era época de vacaciones, eran batallas campales que empezaban después de almuerzo y terminaban a las 10 de la noche. Eran otras épocas. No existían los teléfonos y los niños jugábamos todo el día en la calle. Los más grandes eran el Negro y el Paulo. Se paraban en medio de la plaza y empezaban a elegir jugadores, uno por uno, alternando. El Negro siempre elegía primero al Rony que era el segundo más grande. El Paulo elegía al Guatón. El Guatón y el Ronny tenían la misma edad y de ahí para abajo iban bajando en la jerarquía. Los más chicos éramos el Pablo y yo, por lo que claramente no teníamos peso alguno por lo que nos tocaba aceptar lo que decidían los más grandes. Cuando los equipos ya estaban armados y comenzaba esa adrenalina de comenzar a jugar, había un momento en que alguien decía la frase. Nunca era una pregunta. *Eduardo, tenemos que empezar ganando. Ponte tú dos goles y después vamos cambiando.* Caminaba hacia el arco con la cabeza medio gacha, con esa mezcla de rabia y frustración que a los 10 años uno aún no entiende muy bien. Me paraba entre los dos árboles, trataba de acomodarme y el partido arrancaba. Que aburrimiento, yo quería jugar adelante y más allá de que era improbable hacer goles porque era muy pequeño respecto a los otros, siempre estaba esa sensación de gritarlo. Ya empezado el partido y en medio de una nube de tierra que todas las mamás del barrio odiaban, llegaba ese tiro a mi arco sin fuerza que se me pasaba entre los pies. Un gol tonto. Un gol de los que cualquier arquero de verdad hubiera atajado con los ojos cerrados. Ahí venía el grito. *¿Cómo es posible weon? Te estás dejando. Te queda un gol más al arco.* Así que me quedaba. Un gol más al arco. Y muchas veces, dos, tres, lo que decidiera el que armaba el equipo. Podría dejar esta historia acá. Un recuerdo de infancia como cualquier otro, con su textura de tierra y sus tardes de verano, con esa injusticia pequeña que uno acepta porque es el precio de seguir jugando, pero este recuerdo no me volvió cuando estaba pensando en la infancia. Me volvió muchos años después, ya adulto, en un lugar donde no había ni plaza ni pelota ni árboles. Me volvió en el desierto de Atacama, el desierto más árido del mundo, un jueves a las ocho de la mañana, mientras recorría en camioneta un camino de tierra que no llevaba a ningún lado visible. Tenía 30 años. Trabajaba como Account Manager en una empresa portuguesa que construía parques solares. Habíamos ganado la adjudicación de un proyecto grande en Chile, un parque solar en el desierto de más de 180.000 paneles solares y un valor de 70 millones de dólares. Después de meses de negociación, el contrato se firmó de un día para otro y había que armar el equipo para construirlo en el menor tiempo posible. El Product Manager que iba a manejar el proyecto venía desde Portugal. Aterrizó en Santiago, tuvo un problema con su visa en el aeropuerto y lo devolvieron. Iba a demorar alrededor de un mes en volver. Un mes. Con el contrato ya firmado, con los plazos corriendo, con Portugal encima. Y ahí, en una llamada que sigo recordando por su textura de urgencia contenida, uno de los gerentes de Portugal y el gerente de Chile me dijeron esa frase que me llevó al niño en la plaza de tierra. *Eduardo, necesitamos que te hagas cargo de iniciar el contrato hasta que llegue esta persona de Portugal.* Dije todo lo que consideré lógico para que repensaran la decisión que estaban tomando: *No tengo la experiencia. Cualquier decisión mía puede costar mucho dinero. Estamos hablando de ir al desierto, revisar terrenos, contratar proveedores.* No era resistencia caprichosa, era la conciencia clara de que me estaban pidiendo algo para lo que no estaba preparado. *Tranquilo, Eduardo. Esto va a ser por un mes, hasta que llegue la persona de Portugal. Solo necesitamos que apoyes en el arranque.* *Tranquilo, Eduardo.* En ese instante entendí, sin necesidad de que nadie lo explicitara, que no había margen real para no aceptar la decisión. No es que existieran dos caminos y yo eligiera uno. Es que había un solo camino aceptable y el otro que era decir que no, era solo una opción teórica, que probablemente terminaría en un despido en un par de meses. Y esto es lo que por alguna razón me hizo recordar la escena con la placita de tierra en el barrio donde crecí. No la comparación de las apuestas, el desierto y la plaza no son equivalentes en escala objetiva. Lo que las enlaza es la sensación desde adentro. Para mi yo de 10 años, esos partidos no eran un asunto menor. Era el mundo entero. Era mi único plan del verano, la única forma de existir dentro del grupo. Decir que no al arco no era decir que no a una tarde de fútbol, era decir que no a la posibilidad de pertenecer. Y esa apuesta, a esa edad, no era menor que la que estaba en juego a los 30 años frente a los gerentes que me pedían hacerme cargo del contrato. La apuesta era distinta en su contenido, pero idéntica en su peso interno. Ahí es donde creo que ese patrón se repite a lo largo de toda la vida. La certeza silenciosa de que decir que "no", significa perder algo que no se puede permitir perder. Así arrancó lo que iba a ser un mes y terminaron siendo dos. Lo que me tomó años entender, es que aceptar esa decisión a mis 10 años y luego a los 30, no era realmente una decisión. Quien te pide que te hagas cargo de algo en lo que todos saben que no estás preparado, está apagando un incendio, no quiere hacerse cargo por miedo o lo que creo más común, no cuenta con el tiempo para encontrar a alguien cuando hay algo que resolver a la brevedad. En esa situación, lo que se ve como una conversación entre dos personas negociando un acuerdo, en realidad es una orden que viste ropa de pedido. Las preguntas que hagas van a recibir las respuestas necesarias para desactivar tu resistencia, no para darte información con la que decidir. *Tranquilo, te vamos a apoyar. Cualquier cosa nos avisas. Confiamos en ti.* Cada frase que suena a garantía es una pieza de un mecanismo para convencerte de que te hagas cargo, porque nadie puede realmente traspasarte una responsabilidad sin que tú digas sí. Y todos lo saben, por eso la conversación no está pensada para que decidas., está pensada para que aceptes. ![](https://storage.ghost.io/c/99/39/9939acea-f9a2-4aa5-adcd-1a5548b6a635/content/images/2026/09/Dise--o-sin-t--tulo--17-.png) Esa aceptación es la frontera invisible donde dejas de ser quien ayuda y pasas a ser quien responde. Pero es una frontera a la que somos llevados, con el protocolo suficiente para que después parezca que la cruzamos por voluntad propia y mientras todo funciona, esa ficción se sostiene. La conversación del pedido queda archivada como un acuerdo entre caballeros. Lo que en un inicio era coordinar algunas actividades y reuniones, terminó siendo un viaje todos los jueves donde tomaba un avión a las 6 de la mañana para ir al desierto y coordinar cosas de las que no tenía idea. Reuniones con proveedores, oficinas modulares que en realidad eran cajas de metal con mesas y baños, maquinaria para mover tierra y abrir camino, pero lo que más recuerdo fue caminar horas con una arqueóloga en medio de ese terreno donde solo había tierra y un sol que te dejaba la piel al rojo vivo en 10 minutos, con los dedos cruzados para no encontrar algún hueso que pareciera de un humano, provocando un descubrimiento que podría parar el inicio de la construcción durante meses. El mismo jueves volvía a Santiago en el último vuelo de la noche y debía enviar un informe en la noche para que la gente en Portugal empezara el viernes entendiendo la situación semana a semana. Nada explotaba. Portugal recibía los reportes, los gerentes en Chile me daban las gracias y cada semana que pasaba era una semana más cerca de la llegada del reemplazo. Pero bastaba con que algo fallar: un error de coordinación, una decisión que tomara mal con un proveedor, un problema que escalara más allá de lo previsto y esas mismas personas que dieron la responsabilidad empezaban a hablar otro idioma. El de antes era generoso: *sabemos que no es lo tuyo, es solo por un tiempo, confiamos en ti*. El de después es seco y acusatorio: *¿cómo no viste esto? Esto estaba bajo tu responsabilidad. Deberías haberlo previsto*. Y lo peor es que el segundo idioma actúa como si el primero nunca hubiera existido. Como el primero nunca quedó escrito, no hay forma de invocarlo. La temporalidad del rol dura hasta el primer error. Aceptaste como reemplazo y te juzgan como titular. En la plaza, esa transición ocurría en cuestión de segundos. La pelota entraba y el equipo entero se olvidaba de que a nadie le gustaba ser arquero, de que yo era el más chico, de que me habían puesto ahí porque no había opción. En un instante, la falta técnica se transformaba en falta moral. *No te estás esforzando, weon.* En el mundo adulto, la operación es la misma pero con vocabulario técnico: *debiste haber pedido más información, debiste haber escalado antes, debiste haber previsto este escenario*. La lista de *debiste* siempre se construye después del error, con la claridad que da saber cómo terminó la historia. Nadie te la da antes. Nadie te dice al momento del pedido cuáles son los seis escenarios que debes anticipar, porque probablemente nadie sabía realmente que podía ocurrir. Esa claridad solo aparece cuando ya es tarde y solo aparece para poder señalar lo que faltó. Y todo esto ocurre encima de un puesto que ya es asimétrico por naturaleza. El arquero es la única posición del fútbol donde no equivocarse es la norma y equivocarse es escándalo. Su éxito es invisible; su fracaso es nominalmente suyo. Los roles de emergencia en el mundo adulto tienen exactamente esa estructura: concentran el riesgo y distribuyen el reconocimiento. Si todo sale bien, el mérito se reparte entre quienes tomaron las decisiones estratégicas, quienes firmaron desde la casa matriz. Tú apoyaste. Si algo sale mal, tú estabas ahí, tú tomabas las decisiones, tú firmabas los informes. A eso se suma que cuando algo falla, el círculo de opiniones se abre. De pronto opinan pares de quien delegó, colegas tuyos que no estuvieron en la conversación original, personas de otras áreas que solo conocen el resultado. Para ellas, el *momentáneo* nunca existió. Solo existe el hecho: alguien tomó una decisión, alguien cargó con una responsabilidad y algo salió mal. Y el nombre asociado al hecho es el tuyo. En una situación de urgencia quien delega casi nunca tiene el tiempo de transferirte toda la información que necesitarías. Se te comparte lo esencial, lo urgente, lo que hay que hacer esta semana. Pero hay una capa de contexto donde hay decisiones tomadas antes, acuerdos informales, relaciones políticas, información técnica de fondo, que se queda en la cabeza de quienes estuvieron desde el principio. Uno acepta el rol sin saber que le falta esa capa. Y cuando llega el cuestionamiento, esa falta se borra del relato. Pagas por lo que no te dijeron. Ahí está el fenómeno preciso que produce este patrón: quien acepta ayudar en una emergencia muchas veces termina heredando toda la responsabilidad del sistema que intentó sostener. Es el mismo mecanismo, con vocabulario distinto. En la calle se llama ser el más chico del grupo. En una empresa se llama ser una pieza flexible del equipo. Y en los dos casos significa lo mismo: alguien tiene que sacrificarse para que el partido siga. Y ese alguien nunca es el más débil ni el más fuerte. Es el que tiene la capacidad de sostener el rol pero no la jerarquía para negarse a asumirlo. Podría dejar el ensayo acá. Sería un cierre honesto y probablemente el que este tipo de análisis pide. Pero cerrar así sería quedarse con la mitad de lo que he visto en estos años. Y si hablo solo de esto, se parece demasiado a una queja y a un reclamo tipo "por qué la vida es tan injusta conmigo". Hay algo más que descubrí, y que aparece solo después de haberlas vivido. Cuando el polvo baja y uno mira hacia atrás con distancia, aparece la pregunta incómoda: ¿en qué otro lugar de mi vida he crecido tanto como en esos meses? No estoy romantizando la trampa. Sería una obscenidad decir "gracias por usarme como chivo expiatorio, aprendí mucho". Pero también sería una mentira decir que de esas situaciones uno sale igual que entró. Uno sale con una capacidad de sostenerse en la incertidumbre que las situaciones ordenadas nunca dan. Sale con una autoestima que no viene de haber sido reconocido sino de haber resistido. Esos dos meses en Calama terminaron bien. Cuando llegó el product manager desde Portugal, la operación estaba en marcha. Cinco meses después, una empresa española me contactó para ofrecerme un cargo de gerente de producto en Chile. Sin la experiencia del desierto, sin los jueves a las seis de la mañana, sin haber sostenido lo insostenible durante ocho semanas, es completamente improbable que hubiera llegado a un puesto de ese nivel a esa edad. La misma situación que me convirtió en un chivo expiatorio potencial durante dos meses, me abrió una puerta profesional que ningún camino ordenado me habría abierto. La trampa fue real. El salto también. Y no ocurrieron por separado. Ocurrieron dentro del mismo hecho. Es curioso, pero escribiendo esto me di cuenta que por alguna razón conecté dos situaciones que ocurrieron en lugares con tierra y eso me hace pensar que la tierra es el material de los lugares donde algo todavía no existe. Quizás estas situaciones que llegan sin invitación por alguna razón del destino, son quizás terrenos áridos que uno lleva por dentro y que necesitan ser removidos para poder construir algo encima. Nadie elige que le toque. Nadie se prepara para estar ahí. Pero es probablemente en esos terrenos y no en los que creemos ya están construidos y en los que creemos somos muy buenos, es donde uno termina llegando más lejos de lo que hubiera imaginado. Cómo se transita conscientemente por estos terrenos, sin comprarse la narrativa institucional de que la injusticia era una oportunidad, es algo en lo que me quedó dando vueltas en la cabeza. Quizás termine transformándose en otra reflexión. --- ### **Temas abiertos por investigar** Lo que quedó dando vueltas después de escribir esto no fue la trampa. Fue la simultaneidad. Que la injusticia estructural y el salto profesional ocurrieron dentro del mismo hecho, no en momentos separados. Eso todavía lo estoy digiriendo. Se conecta con algo que no llegué a nombrar en el texto: la asimetría entre el que delega y el que acepta. Casi siempre pienso al que delega como el que tiene el poder. Pero probablemente el que delega también recibió el encargo de la misma forma, de alguien más arriba. La cadena de sí forzados. Eso merece pensarse aparte. Pendiente: leer a Byung-Chul Han sobre el sujeto de rendimiento — creo que hay algo ahí sobre cómo la coacción externa se transforma en coacción interna, que es exactamente lo que pasa cuando uno acepta un rol imposible de rechazar y después se juzga a sí mismo por no haberlo ejecutado bien. Y una pregunta que me quedó dando vueltas: si el crecimiento vino de haber aceptado algo que no debía aceptar, ¿Qué habría ganado y qué habría perdido si me hubiera negado? Probablemente habría mantenido más dignidad, pero también me habría cerrado la puerta al salto profesional que vino después. No sé cuál de las dos versiones de mí mismo estaría mejor hoy. ### El fuego y el fantasma URL: https://www.edugarrido.com/el-fuego-y-el-fantasma/ Last updated: 2026-09-16T01:18:28.000Z Hace unos días se me vino a la cabeza esa típica imagen que muestran en las películas del hombre prehistórico frente al fuego. Pensé en ese momento exacto donde una llama apareció delante de él sin que supiera qué era ni qué hacer con eso. Debió haber sido algo aterrador. Una presencia que calentaba, que se movía, que consumía, que no tenía forma fija. Algo que estaba claramente ahí pero que no encajaba en ninguna categoría conocida. Hoy eso nos parece pintoresco incluso divertido o hasta absurdo. Claro que era fuego. Claro que podía controlarse. Claro que terminaría en motor de combustión, en turbina, en cohete. Pero en ese momento no era obvio... era lo desconocido puro. Entonces se me ocurrió hacer el paralelo de cuando alguien ve un fantasma. No en una película. Alguien que de repente percibe algo que no debería estar ahí. Una presencia, un sonido, una sensación que no tiene explicación en los marcos disponibles. Esa persona se descompone. Se paraliza. Le cuesta integrar lo que está experimentando. Lo que me llama la atención es esto: creo que la reacción debe ser exactamente la misma que la del hombre prehistórico frente al fuego. El mismo desconcierto. La misma incapacidad de ubicar lo que se está viendo dentro de un sistema que lo contenga. Pero han pasado miles de años. El fuego lo domesticamos. Lo estudiamos, lo nombramos, lo convertimos en herramienta y en ciencia y en tecnología y en todo lo que vino después. Ese umbral de lo desconocido lo cruzamos. Ya no nos descompone. El fantasma no. El umbral sigue exactamente donde estaba. Somos capaces de mandar objetos fuera del sistema solar y de construir máquinas que razonan, pero frente a cierto tipo de experiencia interior: presencias, intuiciones, estados que no se miden, cosas que ocurren dentro y no afuera, seguimos igual que al principio. Sin herramientas. Sin lenguaje preciso. Sin sistema que lo contenga. El fuego y el fantasma son el mismo objeto: un umbral de lo desconocido que aparece delante de alguien que no sabe qué hacer con eso, la diferencia es que a uno le dedicamos toda la historia de la civilización y al otro lo dejamos exactamente donde estaba. No sé si eso es una anomalía o si fue una decisión. Pero me parece una de las asimetrías más grandes que ha producido el mundo occidental en el tiempo. --- ### **Temas abiertos por investigar** El paralelo tiene más capas. El fuego lo domesticamos porque era útil, porque producía calor, porque podía convertirse en herramienta. ¿El territorio interior nunca se domesticó porque nunca fue útil en ese sentido o porque resistió la domesticación? No es lo mismo. Queda pendiente la pregunta por las culturas orientales. Las tradiciones contemplativas, el budismo, ciertas corrientes de la filosofía india desarrollaron ese territorio con seriedad durante siglos. ¿Qué pasó con eso cuando Occidente se volvió el modelo dominante? Ahí hay una indagación más larga esperando. Jung aparece acá inevitablemente. Inconsciente colectivo, arquetipos, lo que él llamó la sombra. No entró en la nota y probablemente no debería entrar, pero quedó marcado. Queda abierto si esto es una nota o la entrada a un ensayo más largo. Por ahora está bien como nota, pero no cabe duda que el tema es más grande que esto.