Cómo terminé un jueves en el desierto a las ocho de la mañana

Cómo terminé un jueves en el desierto a las ocho de la mañana

Crecí en Santiago de Chile, en una calle sin salida que terminaba en una placita de tierra apretada entre las casas. Más que una plaza, era un pedazo de tierra con maleza, algo de árboles y un círculo de cemento al medio. Era de esos lugares donde si te caías quedabas con las rodillas peladas y sangrando. Era lo menos parecido a una cancha para jugar a la pelota, pero se daba que justo habían dos árboles de un lado y dos del otro, y eso alcanzaba para armar algo. Una cancha que se alargaba hacia la derecha en forma de triángulo, con los árboles haciendo de arcos.

Ahí jugábamos a la pelota los fines de semana. En verano que era época de vacaciones, eran batallas campales que empezaban después de almuerzo y terminaban a las 10 de la noche. Eran otras épocas. No existían los teléfonos y los niños jugábamos todo el día en la calle.

Los más grandes eran el Negro y el Paulo. Se paraban en medio de la plaza y empezaban a elegir jugadores, uno por uno, alternando. El Negro siempre elegía primero al Rony que era el segundo más grande. El Paulo elegía al Guatón. El Guatón y el Ronny tenían la misma edad y de ahí para abajo iban bajando en la jerarquía. Los más chicos éramos el Pablo y yo, por lo que claramente no teníamos peso alguno por lo que nos tocaba aceptar lo que decidían los más grandes.

Cuando los equipos ya estaban armados y comenzaba esa adrenalina de comenzar a jugar, había un momento en que alguien decía la frase. Nunca era una pregunta.

Eduardo, tenemos que empezar ganando. Ponte tú dos goles y después vamos cambiando.

Caminaba hacia el arco con la cabeza medio gacha, con esa mezcla de rabia y frustración que a los 10 años uno aún no entiende muy bien. Me paraba entre los dos árboles, trataba de acomodarme y el partido arrancaba. Que aburrimiento, yo quería jugar adelante y más allá de que era improbable hacer goles porque era muy pequeño respecto a los otros, siempre estaba esa sensación de gritarlo. Ya empezado el partido y en medio de una nube de tierra que todas las mamás del barrio odiaban, llegaba ese tiro a mi arco sin fuerza que se me pasaba entre los pies. Un gol tonto. Un gol de los que cualquier arquero de verdad hubiera atajado con los ojos cerrados.

Ahí venía el grito.

¿Cómo es posible weon? Te estás dejando. Te queda un gol más al arco.

Así que me quedaba. Un gol más al arco. Y muchas veces, dos, tres, lo que decidiera el que armaba el equipo.

Podría dejar esta historia acá. Un recuerdo de infancia como cualquier otro, con su textura de tierra y sus tardes de verano, con esa injusticia pequeña que uno acepta porque es el precio de seguir jugando, pero este recuerdo no me volvió cuando estaba pensando en la infancia. Me volvió muchos años después, ya adulto, en un lugar donde no había ni plaza ni pelota ni árboles. Me volvió en el desierto de Atacama, el desierto más árido del mundo, un jueves a las ocho de la mañana, mientras recorría en camioneta un camino de tierra que no llevaba a ningún lado visible.

Tenía 30 años. Trabajaba como Account Manager en una empresa portuguesa que construía parques solares. Habíamos ganado la adjudicación de un proyecto grande en Chile, un parque solar en el desierto de más de 180.000 paneles solares y un valor de 70 millones de dólares. Después de meses de negociación, el contrato se firmó de un día para otro y había que armar el equipo para construirlo en el menor tiempo posible. El Product Manager que iba a manejar el proyecto venía desde Portugal. Aterrizó en Santiago, tuvo un problema con su visa en el aeropuerto y lo devolvieron. Iba a demorar alrededor de un mes en volver.

Un mes. Con el contrato ya firmado, con los plazos corriendo, con Portugal encima. Y ahí, en una llamada que sigo recordando por su textura de urgencia contenida, uno de los gerentes de Portugal y el gerente de Chile me dijeron esa frase que me llevó al niño en la plaza de tierra.

Eduardo, necesitamos que te hagas cargo de iniciar el contrato hasta que llegue esta persona de Portugal.

Dije todo lo que consideré lógico para que repensaran la decisión que estaban tomando: No tengo la experiencia. Cualquier decisión mía puede costar mucho dinero. Estamos hablando de ir al desierto, revisar terrenos, contratar proveedores. No era resistencia caprichosa, era la conciencia clara de que me estaban pidiendo algo para lo que no estaba preparado.

Tranquilo, Eduardo. Esto va a ser por un mes, hasta que llegue la persona de Portugal. Solo necesitamos que apoyes en el arranque.

Tranquilo, Eduardo.

En ese instante entendí, sin necesidad de que nadie lo explicitara, que no había margen real para no aceptar la decisión. No es que existieran dos caminos y yo eligiera uno. Es que había un solo camino aceptable y el otro que era decir que no, era solo una opción teórica, que probablemente terminaría en un despido en un par de meses.

Y esto es lo que por alguna razón me hizo recordar la escena con la placita de tierra en el barrio donde crecí. No la comparación de las apuestas, el desierto y la plaza no son equivalentes en escala objetiva. Lo que las enlaza es la sensación desde adentro. Para mi yo de 10 años, esos partidos no eran un asunto menor. Era el mundo entero. Era mi único plan del verano, la única forma de existir dentro del grupo. Decir que no al arco no era decir que no a una tarde de fútbol, era decir que no a la posibilidad de pertenecer. Y esa apuesta, a esa edad, no era menor que la que estaba en juego a los 30 años frente a los gerentes que me pedían hacerme cargo del contrato. La apuesta era distinta en su contenido, pero idéntica en su peso interno.

Ahí es donde creo que ese patrón se repite a lo largo de toda la vida. La certeza silenciosa de que decir que "no", significa perder algo que no se puede permitir perder.

Así arrancó lo que iba a ser un mes y terminaron siendo dos.

Lo que me tomó años entender, es que aceptar esa decisión a mis 10 años y luego a los 30, no era realmente una decisión. Quien te pide que te hagas cargo de algo en lo que todos saben que no estás preparado, está apagando un incendio, no quiere hacerse cargo por miedo o lo que creo más común, no cuenta con el tiempo para encontrar a alguien cuando hay algo que resolver a la brevedad. En esa situación, lo que se ve como una conversación entre dos personas negociando un acuerdo, en realidad es una orden que viste ropa de pedido. Las preguntas que hagas van a recibir las respuestas necesarias para desactivar tu resistencia, no para darte información con la que decidir. Tranquilo, te vamos a apoyar. Cualquier cosa nos avisas. Confiamos en ti. Cada frase que suena a garantía es una pieza de un mecanismo para convencerte de que te hagas cargo, porque nadie puede realmente traspasarte una responsabilidad sin que tú digas sí. Y todos lo saben, por eso la conversación no está pensada para que decidas., está pensada para que aceptes.

Esa aceptación es la frontera invisible donde dejas de ser quien ayuda y pasas a ser quien responde. Pero es una frontera a la que somos llevados, con el protocolo suficiente para que después parezca que la cruzamos por voluntad propia y mientras todo funciona, esa ficción se sostiene.

La conversación del pedido queda archivada como un acuerdo entre caballeros. Lo que en un inicio era coordinar algunas actividades y reuniones, terminó siendo un viaje todos los jueves donde tomaba un avión a las 6 de la mañana para ir al desierto y coordinar cosas de las que no tenía idea. Reuniones con proveedores, oficinas modulares que en realidad eran cajas de metal con mesas y baños, maquinaria para mover tierra y abrir camino, pero lo que más recuerdo fue caminar horas con una arqueóloga en medio de ese terreno donde solo había tierra y un sol que te dejaba la piel al rojo vivo en 10 minutos, con los dedos cruzados para no encontrar algún hueso que pareciera de un humano, provocando un descubrimiento que podría parar el inicio de la construcción durante meses. El mismo jueves volvía a Santiago en el último vuelo de la noche y debía enviar un informe en la noche para que la gente en Portugal empezara el viernes entendiendo la situación semana a semana. Nada explotaba. Portugal recibía los reportes, los gerentes en Chile me daban las gracias y cada semana que pasaba era una semana más cerca de la llegada del reemplazo.

Pero bastaba con que algo fallar: un error de coordinación, una decisión que tomara mal con un proveedor, un problema que escalara más allá de lo previsto y esas mismas personas que dieron la responsabilidad empezaban a hablar otro idioma. El de antes era generoso: sabemos que no es lo tuyo, es solo por un tiempo, confiamos en ti. El de después es seco y acusatorio: ¿cómo no viste esto? Esto estaba bajo tu responsabilidad. Deberías haberlo previsto. Y lo peor es que el segundo idioma actúa como si el primero nunca hubiera existido. Como el primero nunca quedó escrito, no hay forma de invocarlo. La temporalidad del rol dura hasta el primer error. Aceptaste como reemplazo y te juzgan como titular.

En la plaza, esa transición ocurría en cuestión de segundos. La pelota entraba y el equipo entero se olvidaba de que a nadie le gustaba ser arquero, de que yo era el más chico, de que me habían puesto ahí porque no había opción. En un instante, la falta técnica se transformaba en falta moral. No te estás esforzando, weon. En el mundo adulto, la operación es la misma pero con vocabulario técnico: debiste haber pedido más información, debiste haber escalado antes, debiste haber previsto este escenario. La lista de debiste siempre se construye después del error, con la claridad que da saber cómo terminó la historia. Nadie te la da antes. Nadie te dice al momento del pedido cuáles son los seis escenarios que debes anticipar, porque probablemente nadie sabía realmente que podía ocurrir. Esa claridad solo aparece cuando ya es tarde y solo aparece para poder señalar lo que faltó.

Y todo esto ocurre encima de un puesto que ya es asimétrico por naturaleza. El arquero es la única posición del fútbol donde no equivocarse es la norma y equivocarse es escándalo. Su éxito es invisible; su fracaso es nominalmente suyo. Los roles de emergencia en el mundo adulto tienen exactamente esa estructura: concentran el riesgo y distribuyen el reconocimiento. Si todo sale bien, el mérito se reparte entre quienes tomaron las decisiones estratégicas, quienes firmaron desde la casa matriz. Tú apoyaste. Si algo sale mal, tú estabas ahí, tú tomabas las decisiones, tú firmabas los informes.

A eso se suma que cuando algo falla, el círculo de opiniones se abre. De pronto opinan pares de quien delegó, colegas tuyos que no estuvieron en la conversación original, personas de otras áreas que solo conocen el resultado. Para ellas, el momentáneo nunca existió. Solo existe el hecho: alguien tomó una decisión, alguien cargó con una responsabilidad y algo salió mal. Y el nombre asociado al hecho es el tuyo.

En una situación de urgencia quien delega casi nunca tiene el tiempo de transferirte toda la información que necesitarías. Se te comparte lo esencial, lo urgente, lo que hay que hacer esta semana. Pero hay una capa de contexto donde hay decisiones tomadas antes, acuerdos informales, relaciones políticas, información técnica de fondo, que se queda en la cabeza de quienes estuvieron desde el principio. Uno acepta el rol sin saber que le falta esa capa. Y cuando llega el cuestionamiento, esa falta se borra del relato. Pagas por lo que no te dijeron.

Ahí está el fenómeno preciso que produce este patrón: quien acepta ayudar en una emergencia muchas veces termina heredando toda la responsabilidad del sistema que intentó sostener.

Es el mismo mecanismo, con vocabulario distinto. En la calle se llama ser el más chico del grupo. En una empresa se llama ser una pieza flexible del equipo. Y en los dos casos significa lo mismo: alguien tiene que sacrificarse para que el partido siga. Y ese alguien nunca es el más débil ni el más fuerte. Es el que tiene la capacidad de sostener el rol pero no la jerarquía para negarse a asumirlo.

Podría dejar el ensayo acá. Sería un cierre honesto y probablemente el que este tipo de análisis pide. Pero cerrar así sería quedarse con la mitad de lo que he visto en estos años. Y si hablo solo de esto, se parece demasiado a una queja y a un reclamo tipo "por qué la vida es tan injusta conmigo". Hay algo más que descubrí, y que aparece solo después de haberlas vivido. Cuando el polvo baja y uno mira hacia atrás con distancia, aparece la pregunta incómoda: ¿en qué otro lugar de mi vida he crecido tanto como en esos meses?

No estoy romantizando la trampa. Sería una obscenidad decir "gracias por usarme como chivo expiatorio, aprendí mucho". Pero también sería una mentira decir que de esas situaciones uno sale igual que entró. Uno sale con una capacidad de sostenerse en la incertidumbre que las situaciones ordenadas nunca dan. Sale con una autoestima que no viene de haber sido reconocido sino de haber resistido.

Esos dos meses en Calama terminaron bien. Cuando llegó el product manager desde Portugal, la operación estaba en marcha. Cinco meses después, una empresa española me contactó para ofrecerme un cargo de gerente de producto en Chile. Sin la experiencia del desierto, sin los jueves a las seis de la mañana, sin haber sostenido lo insostenible durante ocho semanas, es completamente improbable que hubiera llegado a un puesto de ese nivel a esa edad. La misma situación que me convirtió en un chivo expiatorio potencial durante dos meses, me abrió una puerta profesional que ningún camino ordenado me habría abierto. La trampa fue real. El salto también. Y no ocurrieron por separado. Ocurrieron dentro del mismo hecho.

Es curioso, pero escribiendo esto me di cuenta que por alguna razón conecté dos situaciones que ocurrieron en lugares con tierra y eso me hace pensar que la tierra es el material de los lugares donde algo todavía no existe. Quizás estas situaciones que llegan sin invitación por alguna razón del destino, son quizás terrenos áridos que uno lleva por dentro y que necesitan ser removidos para poder construir algo encima. Nadie elige que le toque. Nadie se prepara para estar ahí. Pero es probablemente en esos terrenos y no en los que creemos ya están construidos y en los que creemos somos muy buenos, es donde uno termina llegando más lejos de lo que hubiera imaginado.

Cómo se transita conscientemente por estos terrenos, sin comprarse la narrativa institucional de que la injusticia era una oportunidad, es algo en lo que me quedó dando vueltas en la cabeza. Quizás termine transformándose en otra reflexión.