Hay algo sobre como miramos la genialidad que no me convence

Hay algo sobre como miramos la genialidad que no me convence

Leonardo da Vinci murió sintiéndose un fracasado. En sus últimos días, el hombre que hoy es sinónimo de genio lamentaba no haber trabajado en su arte como debía, convencido de que con todo lo que dejó sin terminar había ofendido a Dios y a los hombres.

No era falsa modestia. En toda su vida completó apenas una veintena de pinturas. La Mona Lisa le tomó cerca de veinte años y probablemente nunca la dio por terminada. La Última Cena la cerró solo cuando su mecenas amenazó con cortarle el dinero. La Adoración de los Magos quedó a medias. El gran caballo de bronce que iba a fundir nunca llegó a construirse.

Esa imagen, "la del genio máximo muriendo con la sensación de haber perdido el tiempo", fue la que se me quedó grabada de un libro que compré hace unos ocho años, casi por casualidad.

Estaba esperando un vuelo en el aeropuerto internacional José María Córdova en Medellín. Había una tormenta y el vuelo se retrasó un par de horas. Caminando sin mucho que hacer entré a una librería, no buscaba nada en particular, pero uno me llamó la atención por la portada: Maestría, de Robert Greene. Lo compré por impulso y lo leí en muy poco tiempo. Me fascinó.

Greene hace algo que al menos a primera vista, suena completamente razonable: toma las vidas de personajes como Leonardo, Darwin, Faraday o Mozart para intentar responder una pregunta enorme, ¿Qué tienen en común las personas capaces de hacer cosas extraordinarias?

La idea es seductora. La maestría no sería un don reservado para unos pocos, sino un proceso que puede descomponerse, aprenderse y repetirse. Años de aprendizaje junto a un mentor, práctica profunda, entrega total a lo que uno hace. Si haces lo que ellos hicieron, llegas donde ellos llegaron.

Greene no está solo en esto. Es parte de toda una corriente que se volvió enorme durante las últimas dos décadas. Malcolm Gladwell popularizó la regla de las diez mil horas en Fuera de Serie. Cal Newport escribió que la pasión importa menos que volverse tan bueno que no te puedan ignorar. Angela Duckworth convirtió el grit, esa mezcla entre pasión y perseverancia, en uno de los grandes predictores del éxito. Hay una biblioteca completa de libros como Talent Is Overrated, Drive o Peak que desde distintos lugares, terminan llegando más o menos al mismo punto: la grandeza no es un misterio, es un método. Práctica deliberada, tiempo, foco, disciplina. La receta está disponible... solo hay que seguirla.

Sería un error decir que no hay algo profundamente valioso en esa idea. Detrás de casi cualquier logro extraordinario hay una cantidad inmensa de trabajo y la cultura del talento innato muchas veces termina siendo una excusa elegante para no esforzarse. En eso estos libros tienen razón.

Cuando terminé Maestría me quedó una sensación extraña. No era que estuviera en desacuerdo con el libro, todo lo contrario, me había parecido brillante. El problema era otro. Había algo en la forma en que explicaba esas vidas que por alguna razón, nunca terminó de convencerme y durante años no supe ponerle nombre a esa incomodidad. Cada vez que volvía a pensar en el libro, la imagen que regresaba era siempre la misma: la de Leonardo, muriendo con la sensación de no haber hecho lo suficiente.

Hace poco (por fin), creo que entendí por qué. No tiene que ver con Greene ni tampoco con Leonardo. Tiene que ver con una pregunta que hacemos demasiado poco: cuando intentamos entender cómo alguien llegó a hacer una obra extraordinaria, ¿estamos mirando la causa o estamos mirando la consecuencia?

Para explicar por qué esa pregunta me da tantas vueltas, tengo que volver a Leonardo.

No era falta de talento obviamente, era otra cosa mucho más difícil de explicar: Leonardo no podía avanzar sin entender, y entender para él, parecía ser un camino sin final. Para pintar bien un cuerpo necesitaba saber cómo funcionaba por dentro, así que diseccionó cadáveres y llenó cuadernos con dibujos anatómicos que hoy se consideran de los mejores que se hayan hecho jamás. Pero nunca los publicó. No podía cerrarlos porque lo que veía con sus propios ojos no terminaba de encajar con lo que decían los libros de su época y esa contradicción lo detenía. Sus estudios quedaron entre sus papeles durante siglos.

Esa es la parte que las biografías suelen contar poco. No la del hombre que lo entendía todo, sino la del hombre que no podía dejar de intentar entender. El que empezaba un encargo y terminaba estudiando la anatomía del hombro, la física del agua o la mecánica del vuelo de un pájaro mientras el cuadro esperaba años sobre el caballete. El que a los treinta ya tenía fama de genio y al mismo tiempo casi nada terminado que mostrar.

Lo curioso es que cuanto más leía sobre Leonardo, menos me parecía que hubiera elegido esa forma de trabajar. Aquella incomodidad que llevaba ocho años sin nombre empezó por fin a tomar forma, no porque creyera que Greene estuviera equivocado, sino porque empecé a preguntarme si no estaríamos mirando estas vidas desde un lugar ligeramente distinto al que realmente las produjo.

Pensemos en quiénes suelen aparecer en este tipo de libros. La lista cambia un poco según el autor, pero el mecanismo casi siempre es el mismo. Se toma una vida extraordinaria y se la desarma buscando el patrón: cuántas horas practicó, qué disciplina tuvo, qué mentor encontró, qué decisiones tomó temprano, como si de esa vida pudiéramos extraer una fórmula y volver a aplicarla. Es justo en ese gesto donde algo dejaba de cerrarme. No porque esas horas no hubieran existido —claro que existieron—, sino por otra cosa: ¿estamos seguros de que esas horas explican realmente lo que ocurrió?

Tomemos uno de los ejemplos favoritos de esta literatura, The Beatles.

Gladwell los utiliza para explicar la regla de las diez mil horas. Antes de convertirse en el fenómeno que todos conocemos tocaron durante años, noche tras noche en Hamburgo, Alemania. Horas interminables sobre un escenario. Es un ejemplo extraordinario del valor de la práctica y probablemente tenga razón. Pero dentro de esos mismos Beatles estaba John Lennon, un niño marcado por el abandono de sus padres y la muerte temprana de su madre, que convivió buena parte de su vida con la depresión, la rabia y las adicciones.

Ahora el ejemplo se vuelve más interesante de lo que Gladwell cuenta. Porque si uno se detiene a mirarlo no fueron solo las horas, fue dónde y con quién ocurrieron esas horas. Lennon no estuvo encerrado practicando en soledad: estuvo en una banda, con otros que lo empujaban, lo contenían y lo obligaban a transformar todo lo que traía adentro en algo que se podía cantar arriba de un escenario. Esa cabeza intensa, difícil, muchas veces al borde, encontró un lugar donde volverse canción en lugar de volverse contra sí misma.

No puedo evitar preguntarme qué habría pasado con ese mismo Lennon en otras condiciones. Con la misma mente, la misma herida, la misma intensidad, pero solo. Sin banda, sin Hamburgo, sin nadie que lo llevara hacia afuera. Probablemente habría sido otro genio incomprendido más, de esos que nadie alcanza a homenajear en vida porque nunca tuvieron el entorno que convirtiera su forma de ser en una obra.

Las horas fueron reales... el oficio también, pero cuesta no sospechar que lo decisivo no fue solo cuánto practicó, sino haber caído en el lugar donde esa manera de ser tenía dónde apoyarse. Esa parte rara vez aparece cuando contamos la historia, no porque sea falsa, sino porque vuelve mucho más difícil convertir esa vida en un método que uno pueda seguir solo, en su casa, contando horas.

Ahí empecé a sospechar que existía una diferencia entre reconstruir una biografía y reconstruir una experiencia.

Por eso nuevamente volví a Leonardo. Cuando hoy se habla de él solemos destacar su curiosidad ilimitada, su capacidad para cruzar disciplinas y su paciencia para observar durante décadas. Todo eso es cierto. Pero también es cierto que pasó buena parte de su vida sin poder terminar lo que empezaba, que convertía un cuadro en una investigación sobre anatomía, que una pregunta lo llevaba a otra y esa a otra más, hasta que el proyecto original desaparecía detrás de una necesidad mucho más grande de comprender.

Cuando uno lo cuenta desde afuera, todo eso puede sonar como una estrategia extraordinaria de aprendizaje. Cuando uno intenta imaginar cómo debía sentirse vivir dentro de esa cabeza, ya no estoy tan seguro. Porque ahí aparece una diferencia que al menos para mí, cambia completamente la lectura: no creo que Leonardo dedicara veinte años a una pintura porque hubiera descubierto una técnica para convertirse en maestro. Cada vez me parece más probable que dedicara veinte años porque no podía hacer otra cosa y esa diferencia no es menor, porque una cosa es convertir una conducta en una recomendación y otra muy distinta es asumir que esa conducta fue la consecuencia de una manera de experimentar el mundo que nunca eligió.

Con Charles Darwin, el naturalista inglés que descubrió que todas las especies evolucionan y descienden de ancestros comunes, empecé a sentir exactamente la misma incomodidad. Después de regresar de su viaje en el Beagle —esa expedición científica que comenzó en 1831, cuando apenas tenía veintidós años y que durante cinco años recorrió Sudamérica y Oceanía— pasó más de cuarenta años enfermo. Vómitos, dolores de estómago, palpitaciones, ataques de angustia que lo despertaban en mitad de la noche, temporadas enteras en las que apenas podía levantarse del sillón. Decenas de médicos intentaron entender qué le ocurría y ninguno logró encontrar una explicación convincente. Se encerró en su casa de campo, evitó congresos, redujo al mínimo el contacto con otros científicos, y durante años se comunicó con el mundo casi exclusivamente por carta. Fue en medio de esa vida donde escribió El origen de las especies, uno de los libros más influyentes de la historia.

Cuando estas biografías aparecen resumidas en libros sobre maestría, muchas veces se presentan como el ejemplo de alguien que encontró las condiciones ideales para concentrarse y puede que haya algo de verdad en eso, pero cada vez me cuesta más pensar que cuarenta años de enfermedad puedan entenderse únicamente como una estrategia de productividad. Darwin no se aisló porque hubiera leído que el aislamiento favorece el pensamiento profundo, se aisló porque estaba enfermo, porque el mundo exterior parecía resultarle insoportable. Que de ese aislamiento haya surgido una de las teorías más importantes de la historia no convierte automáticamente ese aislamiento en un método.

Fue en Darwin donde por fin pude ponerle nombre a aquello que me había acompañado desde que cerré Maestría por primera vez. No creo que estos libros oculten deliberadamente nada, pero sí creo que sin querer hacen una operación muy sutil: toman el comportamiento visible y lo presentan como si fuera el origen, cuando quizás era la consecuencia.

Lo curioso fue que una vez que empecé a mirar estas historias desde ese lugar, dejé de ver esa operación solo en los personajes de Robert Greene. Empezó a aparecer en lugares completamente distintos. El último fue una película que vi hace un par de semanas, La Verdad Oculta (titulada originalmente Concussion), protagonizada por Will Smith que cuenta la historia real de un patólogo forense llamado Bennet Omalu.

Por cosas de la vida, le tocó hacer la autopsia a un exjugador de fútbol americano que había muerto con apenas cincuenta años, arruinado y completamente deteriorado. Omalu esperaba encontrar un cerebro devastado, pero a simple vista se veía casi normal y esa contradicción no lo dejó tranquilo. Podría haber firmado el informe y seguir con su vida. Hizo lo contrario: mandó a fijar y preservar el cerebro, pagó de su propio bolsillo estudios especializados que su oficina no cubría, hizo cortar el tejido en cientos de láminas finísimas para mirarlo bajo el microscopio y se puso a aprender desde cero sobre un deporte que ni siquiera le interesaba. No lo hacía para hacerse famoso, ni siguiendo un método para llegar a un gran descubrimiento, sino porque había una pregunta que simplemente no podía dejar sin responder.

De esa obsesión terminó saliendo el descubrimiento del daño cerebral que la NFL (La National Football League, en español conocida como Liga Nacional de Fútbol Americano) llevaba décadas ignorando. Con ese descubrimiento llegaron también las amenazas, el descrédito, los ataques públicos y años muy difíciles para él y su familia. Tres años y varias muertes de exjugadores después, el mundo terminó aceptando que tenía razón.

Cada vez que vuelvo a esa historia me pasa lo mismo que con Leonardo o con Darwin: lo que más me impresiona no es el descubrimiento, es la imposibilidad de abandonar la pregunta.

Entonces apareció otra idea que tampoco deja de darme vueltas. Con los genios del pasado tenemos una relación muy cómoda. Leonardo ya murió, Darwin también y hoy podemos admirarlos sin tener que convivir con ellos. Sus obsesiones quedaron transformadas en capítulos de una biografía, sus rarezas se volvieron pintorescas. Lo que en vida probablemente fue agotador para ellos y para quienes los rodeaban, con el tiempo terminó convertido en una historia inspiradora.

Pero cuando una persona con esa misma intensidad está viva, la reacción suele ser muy distinta. Ya no hablamos de curiosidad, hablamos de obsesión. Ya no hablamos de profundidad, hablamos de que no sabe soltar. Ya no hablamos de una mente brillante, hablamos de alguien complicado.

Probablemente muchas veces haya buenas razones para decirlo, porque hay algo que estos libros tampoco pueden resolver: por cada Leonardo que terminó cambiando la historia hubo miles de personas con una forma de pensar igual de intensa que nunca descubrieron nada extraordinario. Gente que pasó la vida persiguiendo preguntas que no llevaron a ninguna parte. Muchos terminaron simplemente agotados.

Por eso tampoco creo que haya que romantizar esta manera de funcionar. No creo que sea un superpoder, ni mucho menos una receta. Lo único que me cuesta aceptar es la facilidad con la que una vez que alguien llega a hacer una obra extraordinaria, reconstruimos su vida como si todo hubiera sido el resultado de una serie de decisiones perfectamente replicables.

Quizás la disciplina estuvo ahí. Quizás las miles de horas también. Pero cada vez me cuesta más creer que eso alcance para explicar una vida.

No escribo esto para desmerecer el trabajo de Robert Greene ni el de todos quienes han intentado entender qué hay detrás de la excelencia humana. Al contrario, creo que ese esfuerzo ha producido ideas valiosas y ha ayudado a derribar el mito del talento como un regalo reservado para unos pocos. Lo que sigo preguntándome es otra cosa: si al convertir estas vidas en métodos no estaremos dejando fuera precisamente aquello que las hizo posibles.

Es un hecho que las horas de práctica fueron ciertas y la disciplina también, pero sigo sin saber si fueron el origen de la historia o simplemente las huellas que dejó una forma muy particular de estar en el mundo, y por lo mismo, últimamente me pregunto algo todavía más incómodo. ¿Y si esas diez mil, quince mil horas de trabajo sin parar no fueron ni siquiera una huella neutra, sino un síntoma?

Hay personas que no pueden dejar pasar una pregunta y no hablo de curiosidad intelectual, hablo de algo más parecido a una imposibilidad: no soportar no entender por qué ocurre lo que ocurre, quedarse atrapado en un problema y no poder salir hasta haberlo recorrido entero. Da Vinci no podía terminar el cuadro si antes no entendía cómo funcionaba el cuerpo por dentro. Omalu no podía firmar el informe y seguir con su vida. Para ellos entender no era una meta, era una condición para poder estar en paz.

Quizás ahí esté la parte que los libros de maestría nunca cuentan. Que esas horas interminables de foco, soledad y encierro no eran el camino hacia la respuesta, eran la forma de sobrevivir a la pregunta. Un ruido intenso, constante, que no se apaga y que tal vez solo bajaba de volumen mientras corrían detrás de él. Las miles de horas no eran el motor, eran la desesperación de quien lleva años persiguiendo algo que no lo deja descansar y que descubrió que la única manera de que ese ruido bajara aunque fuera un poco, era seguir corriendo.

Si todas estas piezas que fui conectando apuntan a lo que creo, entonces estuvimos leyendo estas vidas exactamente al revés. No admiramos la solución de un genio, admiramos la huella de su desesperación y le pusimos el nombre de método.

Y por eso creo que por fin entendí qué era aquello que nunca terminó de convencerme. No era el método... es que copiamos el encierro, las horas, el foco enfermizo, sin darnos cuenta de que no era una fórmula para llegar lejos, sino quizás la única forma que han encontrado de huir de sí mismos.


Temas abiertos por investigar

La hipótesis del síntoma. Que las horas no eran el camino sino la forma de huir del ruido. Apareció recién al final y creo que es lo más importante de toda la indagación. No la trabajé, la solté. Ahí hay algo más grande esperando.
Lo del entorno. Lennon sostenido por la banda, Da Vinci y Darwin solos. La misma cabeza, distinto destino según con quién cayó. Quedó apenas insinuado. ¿Qué hace que una mente así florezca en vez de hundirse? Sospecho que no es la disciplina. Es haber tenido a alguien al lado. Eso pide su propia pieza.
Lo que más me inquieta quedó al final. Que esto no es sobre genios muertos, es sobre el que tengo al lado ahora y no sé mirar. Al muerto lo homenajeo tranquilo. Al vivo lo corrijo. Ahí hay algo incómodo que no terminé de abrir.
Omalu quedó comprimido a un par de párrafos pero da para más. El detalle de que le pide permiso a los muertos antes de cortar. La fe como motor del que no suelta. Cómo sostuvo años de persecución de la NFL sin abandonar. Todo eso lo dejé fuera.
La diferencia entre reconstruir una biografía y reconstruir una experiencia. Lo dije al pasar y me quedó sonando. Capaz es el corazón de algo. Toda la industria de la maestría vive de lo primero y no puede tocar lo segundo.
Pendiente para cuando quiera el ensayo con respaldo. Ericsson y lo que de verdad dijo el estudio de las diez mil horas versus lo que hizo Gladwell con él. La distorsión está documentada por el propio Ericsson. Nada de eso entró acá y probablemente no debía. Pero ahí queda.