Hay momentos en que la realidad parece equivocarse por unos segundos. Todo sigue en su lugar, pero aparece algo que no pertenece. Lo más desconcertante no es lo que uno ve, sino no encontrar a nadie que confirme que aquello está pasando.
Tenía catorce años y vivía en Santiago de Chile. No en un pueblo ni en el campo: en plena capital. Estudiaba en un colegio católico y en esos años la fe era parte natural de mi vida. Todos los domingos iba a misa al mediodía, participaba en los grupos salesianos y después caminaba de vuelta a mi casa. Unas quince cuadras por el mismo camino de siempre.
Era un domingo cualquiera.
Había salido de la iglesia cerca de la una y media de la tarde y caminaba por una calle que se llamaba Santa Anselma que llegaba casi directo a mi casa. Siempre me acuerdo del silencio de ese momento. Un silencio denso, sin fondo, de esos que en una ciudad no deberían existir. No había autos, no había vecinos, no había niños jugando. No había nadie. Solo una calle de Santiago completamente vacía y yo caminando.
Entonces escuché la campana.
Primero fue un sonido lejano. Después volvió a sonar, un poco más cerca. No era un motor ni una bicicleta. Era una campana que se acercaba a toda velocidad desde atrás. Caminé unos metros más hasta que la curiosidad pudo más y me di vuelta.
Era una cabra... blanca, de esas que uno asocia al campo. Llevaba un collar ancho de cuero con una campana grande que sonaba con cada salto mientras corría por la calle en la misma dirección en que yo iba.
Me quedé inmóvil.
La vi acercarse desde el fondo de la calle hasta pasar frente a mí sin bajar la velocidad. Ni siquiera pareció notarme. Siguió corriendo, como si conociera perfectamente el camino. Me quedé parado viéndola alejarse, la figura blanca cada vez más pequeña, el sonido de la campana perdiéndose.
No atiné a seguir caminando.
No atiné a correr detrás de ella.
Me quedé ahí, tratando de entender qué acababa de pasar. No fue miedo. Fue otra cosa. Yo sé, yo sé, si estás leyendo esta historia quizás estás pensando "pero qué tiene de interesante esto", pero es que para mí no tuvo ninguna lógica, porque no había forma de ver un animal de campo en la ciudad corriendo con una campana por la calle.
Inconscientemente empecé a mirar para todos lados buscando la mirada de alguien.
Miré hacia las casas, hacia las veredas, hacia cualquier lado donde podría haber otra persona mirando lo mismo que yo. Necesitaba cruzar una mirada que me dijera que aquello también estaba pasando para alguien más. O quizás lo contrario: que si veía normalidad en otra cara, tal vez el exagerado era yo y la escena era más normal de lo que pensaba.
No había nadie.
Solo yo, una calle vacía y una cabra blanca con una campana al cuello perdiéndose en el horizonte.
Nunca supe de dónde venía ni hacia dónde iba. Tampoco volví a ver nada parecido. Quedó esa imagen imposible y la sensación de haber sido el único testigo de algo que no correspondía al lugar ni al momento en que ocurrió.
Han pasado muchos años y por alguna razón no he olvidado aquella situación que pareciera no tener nada del otro mundo. Cuando vuelvo a ese domingo, lo primero que aparece no es la cabra. Es el sonido de la campana acercándose desde atrás, atravesando el silencio de una calle vacía de Santiago, como si por unos segundos la ciudad hubiera decidido dejar de obedecer su propia lógica.