La radio a pilas

La radio a pilas

Podría decir que parte importante de mis viajes empiezan igual. Con algo que voy pateando, que no es urgente, que podría hacer en cualquier momento, hasta que la ansiedad se me acumula sola y de un día para otro término comprando un pasaje a última hora sin haberlo pensado bien. No soy muy bueno para planificar. Pero por alguna razón que no entiendo, cada vez que me viene el arrebato y viajo así, termina pasándome algo que se me queda en la cabeza para siempre.

Era 2022 y tenía planeado viajar a Buenos Aires a visitar algunos clientes. No era urgente ni iba a decidir nada en mi vida ni en la empresa, pero la sensación de que debía ir estaba ahí, creciendo, apretando, hasta que detonó de la forma más absurda posible: Argentina perdió con Arabia Saudita en el debut del Mundial de Qatar y algo en mi cabeza decidió que ese era el momento. No me pregunten qué tiene que ver una cosa con la otra... porque no tiene nada que ver, pero mi gran mente de estratega tomo esa variable como "la señal" y compré el pasaje.

Por alguna razón compré uno que llegaba el 14 de diciembre, y sí, esa razón era porque dejé el viaje para última hora y la única semana posible era antes de Navidad No tenía la menor idea de qué se jugaba ese día. Compré, cerré la página y seguí con mi vida como si hubiera hecho algo razonable.

Las semanas pasaron y el mundial de fútbol continuaba. De repente empecé a darme cuenta de algo que me tenía sin cuidado… Argentina empezó a ganar y empecé a hacer cálculos. Mmmm si Argentina llega a la semifinal jugará el 13 de diciembre. Maravilloso, un día antes de mi viaje Argentina gano y oficialmente mi gran misión comercial se había ido a la mierda y yo todavía ni siquiera había salido de Bogotá.

El vuelo era desde Bogotá con una escala como de 9 horas en Santiago de Chile y de ahí Buenos Aires. 24 horas puerta a puerta, desde que salí del lugar donde estaba parando hasta que llegué al departamento del otro lado. Recién había pasado la pandemia y volar seguía siendo un lío. No había vuelos directos a Buenos Aires, por lo que me pasé un día entero de mi vida metido en aviones y aeropuertos para ir a un país que en cuestión de días iba a dejar de trabajar por completo.

Tenía 5 reuniones, terminé haciendo dos y la primera fue un desastre. La reunión en cuestión fue con una empresa que me armó una ejecutiva comercial que tenía en Buenos Aires. El tema es que eran conocidos suyos y a los 5 minutos yo ya sabía que no iba a salir nada de ahí. Maravilloso, mientras me hablaban y asentía con la cabeza, yo estaba perdido en mis pensamientos "qué mierda estoy haciendo acá". No me podía levantar y cortar una reunión a los 10 minutos, así que me quedé la hora completa, asintiendo, haciendo la danza diplomática de la reunión comercial de apertura que no va a ninguna parte, pero que igual hay que bailarla hasta el final.

Ya con la agenda deshecha y el motivo del viaje convertido en nada, tomé la decisión más sana que correspondía a ese momento. Si había cruzado medio continente para caer justo en una final del mundo, lo más inteligente era dejar de fingir que esto era un viaje de trabajo.

El sábado terminó de confirmármelo. Yo toco armónica y durante 3 años tomé clases por videollamada con Mariano Massolo. Él vive en Buenos Aires y me acordé de el esa mañana del sábado. Me dijo que esa noche tocaba con Kevin Johansen en la Ciudad Cultural Konex, un centro cultural IN CRE Í BLE. Cuando llegué lo llamé y luego de un gran abrazo después de más de 5 años que no nos veíamos, me invitó a estar al costado del escenario con él, conversando mientras esperaba que lo llamaran para subir a tocar sus temas. Viví el show desde ahí, desde el borde mismo del escenario, del lado que casi nadie ve. Ese show tenía algo bien particular, ya que mientras Kevin Johansen cantaba, una pantalla gigante mostraba a Liniers dibujando en vivo lo que se le iba ocurriendo con cada canción, la música y el dibujo naciendo al mismo tiempo delante de todos. Liniers weon, me encanta Liniers, siempre leí su historieta cómica Macanudo.

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Después vino el backstage. Y en el backstage me quedé de fiesta con los músicos, con Liniers ahí, a quien yo admiraba desde hacía años por su trabajo y con quien terminé conversando mucho rato (claramente le pedí la selfie del recuerdo). La noche se estiró mucho más de lo que yo tenía pensado. Se estiró hasta esa hora en que uno ya perdió la cuenta y sigue igual, convencido de que la estaba pasando demasiado bien como para irme.

Me fui a dormir tardísimo, con esa sensación tramposa de que tenía todo bajo control. De que el viaje a pesar de todo, me estaba saliendo bien. Al día siguiente venía la guinda de la torta: la final del mundial.

Puse la alarma a las 10 de la mañana. Me estaba quedando en un departamento entre Retiro y el Obelisco, una zona llena de bares, cafeterías y restaurantes, y por eso me levanté tranquilo, sin apuro. El partido era a las 12 y mi plan era simple, casi perfecto... me levanto, voy a una cafetería, me como una facturita con esa sensación de estar de viaje que tanto me gusta y después busco un bar para ver el partido. No había forma de que algo saliera mal.

Salí a la calle y la calle era un desierto. Una de esas imágenes que te hace mirar para todos lados repetidas veces y que te hacen pensar "acá pasa algo raro". Las 3 cafeterías de enfrente de mi departamento estaban cerradas. Empecé a caminar. Todo cerrado. Todo vacío. Yo con hambre, caminando cada vez más rápido hacia donde suponía que iba a haber vida, hacia el Obelisco... "seguro de que ahí sí iba a encontrar todo abierto". No encontré nada y claramente empecé a desesperarme, a caminar más rápido. Ahora ya no eran locales cerrados, eran bares abiertos con la cortina a media asta, repletos de gente adentro, sin un centímetro libre. Era como esas películas donde el protagonista corre escapando de una catástrofe y no encuentra dónde refugiarse, pero al revés. Yo no escapaba de nada. Yo quería entrar, quería ser parte y no había forma. En fin, después de 30 minutos caminando, ya ni me importaba tanto el partido porque quería comer algo. Estaba muerto de hambre, con algo de resaca y no había un solo lugar donde comprar comida. Me puse a correr y a hablarme solo, a putearme en voz alta... puta madre Eduardo! siempre lo mismo. Cómo no me di cuenta, era obvio, era la final del Mundial y jugaba Argentina y yo estaba en Argentina, el país más obsesionado con el fútbol del planeta y mi cabeza otra vez me había jugado en contra, otra vez no había visto lo que había que ver, una vez más me había metido solo en el medio del desastre sin planificar nada.

Hasta que encontré la última Coca Cola del desierto... una tienda de una cadena que se llama "24 horas" con la reja baja. Me asomé... aloooo y apareció una señora. ¿Tiene algo para comer que no sean alfajores o papas fritas?. Me vendió un pan con jamón envasado frío y húmedo que terminó siendo la salvación. Volví a correr comiéndome el pan en la carrera. Ya eran las 12, la puta madre, ya eran las 12 y yo seguía sin encontrar un lugar para ver el partido. Ahora ya no estaban las calles vacías, ahora corría por un paseo donde ahora había un montón de gente corriendo igual que yo, todos apurados, en distintas direcciones, todos buscando... una escena que de tan absurda era memorable.

Y entonces... la ciudad entera gritó al mismo tiempo. No una cuadra, no un bar. Toda la ciudad de golpe. No vi el primer gol de Argentina: lo escuché. Buenos Aires respiró de golpe y yo me enteré por el ruido.

En medio de esa carrera que ahora era más frenética, sin saber bien por qué, frené.

Había un hombre ciego parado en una esquina. La ropa gastada, un bastón de madera, una radio de pilas apretada contra la oreja. No sonreía, no gritaba, no buscaba nada. Estaba quieto, en silencio, concentrado, disfrutando el partido de una manera que yo no entendía y que no me podía explicar. Todo lo demás seguía a máxima velocidad alrededor de él... la gente corriendo, los gritos, la ciudad entera temblando y él estaba en otra frecuencia, adentro de algo a lo que nadie más tenía entrada.

Me quedé mirándolo como 30 segundos, sintiendo como de golpe, mi propia desesperación había dejado de importarme. El hambre, el partido, el lugar que no encontraba, todo eso se apagó. No quedó nada más que él en esa esquina.

Nadie lo veía. La euforía de todos lo había dejado afuera y pensé que por eso mismo, era el único que estaba viviendo algo verdadero ahí, en un rincón que la felicidad colectiva pasaba por encima sin mirar. Yo lo vi. No sé por qué me tocó a mí verlo, pero lo vi y algo en esa imagen se me quedó adentro antes de que pudiera entender qué era.

Vuelvo a la realidad y a correr, pero no me lo saqué más de la cabeza.

Terminé encontrando una tienda de electrodomésticos con una pantalla enorme al fondo y un montón de gente amontonada adentro. No quedaba lugar. Me tocó ver la final desde la vereda, del el otro lado de la vereda, parado al lado de un basurero. A esa distancia, la pantalla no era más que una mancha lejana y apenas distinguía figuras que se movían, no alcanzaba a ver la pelota, no entendía una jugada. Me pasé el partido leyendo lo que ocurría por el ruido de la gente más que por lo que veía. Un rugido quería decir peligro. Un silencio, que veníamos bien. Los cuerpos a mi alrededor eran mi transmisión.

Al lado mío había un hombre de unos 50 años parado de espaldas a la pantalla, mirando la pared. Todo el partido mirando la pared. No vio un solo minuto... de verdad, no vio ni un solo minuto. Yo lo miraba de reojo y pensaba "qué le pasa a este weon", como si de eso, de su frente pegada contra el muro dependiera que Argentina saliera campeón. A mi otro lado había un chico de unos 25 años con la camiseta argentina puesta y con el que crucé un par de palabras. Me contó que tenía la camiseta puesta desde el primer partido del Mundial y que no se la había sacado nunca... era una famosa cábala. Su olor era fétido, putrefacto, increíble... a parte de todo lo que había pasado para terminar viendo el partido de la peor manera posible, me tocaba estar al lado de un arma biológica con patas. Él estaba igual de convencido que el de la pared: esa camiseta sin lavar era parte de lo que sostenía a Argentina en pie. Cada uno con su manía, su rezo privado, su pedazo de responsabilidad inventada sobre un partido que se jugaba a miles de kilómetros y en el que no podían influir en nada. Y sin embargo ahí estaban, cumpliendo su parte del trato con una seriedad absoluta.

Vuelvo al partido y yo veía las manchas moverse en la pantalla lejana, sin entender del todo, hasta que una de esas manchas hizo algo y toda la gente se agarró la cabeza al mismo tiempo y se puso a gritar. Mbappé había empatado. En ese momento un hombre empieza a patear el basurero que estaba al lado mío una y otra vez, desquiciado, con una furia que no era contra el basurero y que reconozco me asustó de verdad.

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Empecé a mirar a los policías que custodiaban la calle y a calcular. Si Argentina ganaba, esos mismos policías iban a terminar abrazándose con la gente que estaban cuidando. Si perdía, no quería ni imaginarlo... la desesperación de ese tipo pateando un basurero multiplicado por una ciudad entera y yo en el medio, sin ningún lado donde meterme. Ya me veía desandando a la carrera todas las cuadras que había corrido para llegar hasta ahí, de vuelta al departamento a encerrarme con llave mientras afuera el país ardía.

El final fue insoportable. No exagero cuando digo que nunca sentí una ansiedad como esa. No era mía, era del aire, era de todos. Miles de personas conteniendo la respiración al mismo tiempo, un terror colectivo tan denso que se podía tocar. Yo soy chileno, no tenía nada en juego y aun así sentía que si esto terminaba mal no lo iba a soportar. Terminó el partido empatado... penales. ¿Algo peor que esto para hacer explotar la ansiedad de alguien? Cada pelota que se pateaba tenía a la ciudad entera al borde del infarto. Y entonces el último penal de Argentina entró y todo lo que había sido miedo se dio vuelta de golpe y se transformó en la explosión más grande que vi en mi puta vida. Argentina campeón del mundo. La ciudad se rrreventó.

Terminé en el Obelisco, en el medio de una celebración que no paró en 2 días. Gente llorando, gente cantando, gente haciendo mandas de rodillas por la calle, desconocidos abrazándose como si se conocieran de toda la vida. 2 días enteros entre miles de personas que no bajaban nunca. En algún momento de esa fiesta yo estaba de bajo de una bandera gigante de Argentina tomando Fernet con Coca de un botellón que iba pasando de mano en mano y fue ahí en medio de todo eso, que me volvió la imagen del hombre de la esquina con la radio en la oreja.

Recién con los años logré entender por qué esa escena me había conmovido tanto. Yo había corrido como 30 cuadras buscando dónde ver el partido y terminé mirándolo desde una vereda, al lado de un basurero, del otro lado de un vidrio, distinguiendo apenas unas figuras que se movían. Entendí más por el ruido de la gente que por lo que alcanzaba a ver. Tenía dos ojos, un domingo entero y una ciudad prendida fuego de felicidad a mi alrededor y me tocó la peor parte. Aquel hombre en la esquina, en cambio, no tuvo que correr a ningún lado. Estaba quieto, con su radio y no le faltaba nada.

Le saqué una foto. Él nunca va a poder verla. Yo la miro cada tanto y sigo pensando que de los 2, el que se perdió el partido fui yo.