Una hipótesis sobre cómo resolver lo que parece imposible

Una hipótesis sobre cómo resolver lo que parece imposible

Hay algo que me viene dando vueltas desde hace algunos meses y que no termino de resolver del todo. No es una teoría, es una sospecha que salió de una experiencia propia y que después empezó a resonarme con cosas que había leído o visto antes sin haberles prestado la atención suficiente.

La experiencia fue con mi empresa. Pasamos por una situación que durante meses era algo que honestamente no veía forma alguna de resolver. La verdad es que no había salida. Los números no daban, mi cliente estaba cada vez más molesto, yo no lograba llegar a entender por qué y todo lo que intentaba parecía provocar siempre algo peor. Trabajaba de lunes a sábado sin ver progreso y cuando me refiero a "trabajaba" era desde las 7 de la mañana hasta las 10 de la noche, mi vida era trabajar y dormir. Si no trabajaba los domingos era porque mi cuerpo me marcaba un límite y sin estar de acuerdo me la pasaba acostado... muerto, todo el día.

Llegué a un punto donde ya no era solo cansancio, era una sensación clara de que no había más por hacer, de que si seguía empujando las consecuencias podían ser peores, de que cualquier movimiento adicional iba a romper algo que todavía se estaba sosteniendo por milagro.

Fue ahí en ese punto que pasó ese algo que aún no logro entender. Decidí algo que en cualquier otro momento no decidiría. Cuál juego de póker miré la partida, junté las pocas fichas que me quedaban y las empujé todas al centro. Acá es donde hay algo que quiero nombrar aunque no lo pueda explicar del todo, porque me parece importante no venderlo fácil. Lo natural de cuando nos sentimos al borde y vemos que podemos perderlo todo, no es seguir apostando... es parar. Cuando ya no te queda nada, cualquier movimiento adicional no está apostando lo que tienes, está apostando lo que no tienes. Está hipotecando años que todavía no llegan, comprometiendo un futuro que si sale mal te va a dejar partiendo de cero, pero además con una carga encima. Está demostrado que tenemos una capa primitiva de sobrevivencia que se activa cuando llega la amenaza real y no importa cuánto siglo XXI tengamos encima, esa capa sigue ahí. La muerte de la que hablo no es solo la física, es la muerte simbólica, la de la empresa que colapsa, la de la identidad profesional que se rompe, la de todo lo que uno construyó por años deshaciéndose delante. Frente a eso, lo que es lo obvio y normal, es no dar el siguiente paso. Parar antes de comprometer más, pero por alguna razón, algunas personas sienten que es necesario dejar de lado lo que es parte de nuestra naturaleza para hacer exactamente lo contrario. Rompen el patrón. Avanzan cuando toda la lógica evolutiva les dice que se detengan. No sé qué es eso. No sé si es rabia, agotamiento del propio miedo, algún tipo de rendición que se disfraza de coraje o algo más raro que todavía no tengo cómo nombrar. En mi caso, solo sé que "lo hice" provocando que esta situación se resolviera de una manera que ni en mis mejores sueños hubiera imaginado. Esa decisión, sea lo que sea, es probablemente la pieza más difícil de lo que trato de reflexionar en este texto. Más que tratar de contar mi historia, solo la quiero ocupar para analizar qué cosas hice para llegar a resolver una situación que desde un enfoque tradicional no tenía solución.

Lo anterior fue parte de una investigación que hice para tratar de entender qué pasó después de dar ese salto al vacío. Qué fue lo que cambió en mí que me permitió empezar a hacer cosas que antes no había hecho. Lo distinto no estaba en las acciones mismas que hacía, como volver a reunirme con áreas del cliente ya conocidas, hacer preguntas parecidas a las de meses atrás, tener conversaciones que en la superficie no eran muy distintas a las anteriores. Lo distinto estaba en el lugar interno desde el que las hacía. En cualquier reunión anterior yo llegaba defendiendo algo, una interpretación del problema, una decisión técnica, una versión de por qué el proyecto que debía entregar estaba donde estaba. Aunque no lo dijera explícitamente, todo lo que oía lo filtraba a través de lo que necesitaba sostener. Cada dato que confirmaba mi versión lo tomaba como pieza importante. Cada dato que no la confirmaba lo interpretaba como excepción, como ruido, como algo que después iba a explicarse dentro de mi marco. Ahora, en esas reuniones nuevas eso no estaba. No porque hubiera decidido escuchar mejor, no porque hubiera leído algún artículo sobre escucha activa, sino porque ahora ya no sentía esa necesidad de que había algo que defender. El aparato que filtraba se había agotado en los meses anteriores tratando de sostener una versión que claramente no explicaba lo que estaba pasando.

Lo que empecé a notar con mucha impresión, es que las preguntas que estaba haciendo eran distintas a las de antes. Antes preguntaba desde el marco que necesitaba defender, y por eso preguntaba cosas que ya sabía cómo iban a responderse. Ahora preguntaba desde otro lugar y las respuestas también eran otras. No porque la gente estuviera diciendo cosas distintas, sino porque las nuevas preguntas activaban información que antes nadie tenía razón para compartir conmigo. La información siempre había estado disponible, pero mis preguntas anteriores nunca la habían pedido. Y en paralelo, también empecé a registrar cosas que ya me habían dicho varias veces antes, pero que yo no había podido escuchar porque no encajaban en lo que estaba buscando. No aparecieron datos nuevos en el sentido de datos que nadie hubiera podido tener antes. Apareció información que estaba disponible, pero que las preguntas viejas no traían y que ahora las preguntas nuevas hacían salir.

Y entonces pasó algo que si me lo cuentan en una película creería que está arreglado para que termine bien. En esa zona, casi por descarte, terminé viendo algo que había estado ahí todo el tiempo y que no había podido ver. El problema que yo llevaba meses tratando de resolver no era el problema real, era el síntoma de otro problema, más profundo, sistémico, que ni yo ni el cliente estábamos viendo. Cuando logré nombrar ese problema de fondo, lo que había sido imposible durante meses se resolvió casi solo. El síntoma no se solucionó: dejó de tener razón para existir.

Fue después, pensando en esto, que me empezaron a resonar cosas. Historias que había leído sin fijarme demasiado y que ahora leía distinto. Aclaro antes de nombrarlas que no las traigo para compararme con mega genios que cambiaron el mundo. Las traigo porque son las que llegaron a los libros, las que la historia decidió documentar y que me parece que apuntan a un mecanismo que también opera en escalas mucho más chicas, en gente que nadie va a documentar.

Newton desarrollando el cálculo y las leyes del movimiento durante los años que estuvo encerrado en la granja familiar por la peste bubónica, en aislamiento prolongado y sin la estructura académica habitual. Poincaré describiendo él mismo, en un libro suyo llamado Ciencia y método, cómo sus descubrimientos matemáticos más importantes le llegaban después de largos períodos de agotamiento, nunca durante el trabajo deliberado. Ramanujan recibiendo teoremas en estados que él mismo describía como sueños. Escenas de películas sobre emprendedores que habían fundado grandes empresas después de estar convencidos de que todo estaba roto. Ninguna de esas historias lo explicaba con las palabras que yo estaba buscando, pero todas parecían apuntar a un patrón parecido. Como si algo se hubiera repetido demasiadas veces como para ser casualidad.

Me pasa lo mismo cuando pienso en Ignaz Semmelweis, un médico húngaro que trabajaba en el Hospital General de Viena a mediados del siglo XIX. Semmelweis estaba obsesionado con entender por qué en la sala de maternidad atendida por médicos las mujeres morían de fiebre puerperal en cantidades altísimas, mientras que en la sala atendida por parteras morían mucho menos. Se pasó meses probando explicaciones sin dar con ninguna y debemos tener muy claro que en esa época todavía no se sabía que existían las bacterias ni los virus. Dentro del marco médico disponible no había forma de resolver el problema, porque el problema no era del tipo que el marco podía nombrar. Y entonces pasó algo. Un colega suyo se cortó el dedo con un bisturí durante una autopsia y murió con los mismos síntomas que las mujeres. Semmelweis agotado después de meses de obsesión sin salida, empezó a atender pistas que hasta entonces habría descartado como irrelevantes. Los médicos de la época hacían autopsias sin guantes y con los mismos bisturíes con los que después atendían partos. El olor a cadáver persistía en las manos de los médicos incluso después de lavarse. De ahí Semmelweis sacó una hipótesis intuitiva sobre un "algo" que se transfería de los cadáveres a las mujeres. Impuso el lavado con una solución de cal clorada para "eliminar el olor a cadáver" y la mortalidad cayó de forma dramática. Lo notable es que había intuido, sin poder demostrarlo, algo que la ciencia solo confirmaría décadas después con Pasteur y Koch. Vio antes que nadie algo que su época no tenía cómo nombrar.

Mi sospecha es esta, y la digo con toda la responsabilidad que amerita porque no es lo que se podría decir como "recomendable" según las definiciones actuales en cuanto a salud. Creo que hay un tipo de cansancio que no se recupera durmiendo, porque no es el cansancio normal del cuerpo por trabajar mucho. Es un cansancio que se construye de forma distinta. Se construye cuando uno se obsesiona durante meses con un problema que no puedes soltar, cuando lo estudias desde todos los ángulos posibles, cuando hablas con toda la gente que tiene alguna pieza, cuando no logras conformarte con respuestas parciales aunque te convendría hacerlo. Pero hay algo más, y esto es lo que hace que este cansancio sea distinto a cualquier otro. En algún momento uno deja de operar como persona con vida propia. Deja de comer cuando corresponde, deja de dormir cuando corresponde, deja de responder a lo que la gente que uno quiere le pide. La identidad se disuelve dentro del problema. Ya no es que estás trabajando en algo, es que te fusionaste con eso y todo lo que antes te definía como ser humano queda en pausa. Esa fusión es lo que hace que la información acumulada durante meses deje de estar solo ordenada según tu marco viejo y empiece a estar disponible en bruto, lista para ser reorganizada cuando el marco ceda. Sin ella la obsesión es superficial, es profesional, es dedicación al trabajo. Con ella se convierte en otra cosa, en algo que no tiene un nombre claro y que yo reconocí solo después cuando pude mirar hacia atrás lo que había vivido.

Creo que en algún momento cuando ese cansancio cruza cierto punto, el marco desde el que estabas mirando empieza a ceder. No porque decidas soltarlo, sino porque el mecanismo que lo sostenía se queda sin fuerza y acá vale detenerse porque este marco no es un error, es lo que te permite trabajar en primer lugar. Es tu forma de mirar el problema, la que te volvió capaz de tomar el proyecto y sostenerlo. El marco no es enemigo del descubrimiento, es su condición previa. Pero mientras funciona, mientras tienes energía para defenderlo, no puedes ver lo que el marco no incluye. Cada dato que no encaja lo reinterpretas dentro del marco viejo, cada anomalía la absorbes como excepción. Podrías seguir así indefinidamente si el combustible alcanzara, pero el punto es que en algún momento se termina el combustible y ahí no aparece información nueva en el sentido mágico del término. Aparece una reorganización de la que ya tenías y aparecen preguntas nuevas que traen información que estaba disponible, pero que las preguntas viejas nunca habían pedido. El marco se afloja lo suficiente como para dejarte ver la información en otra configuración y también para dejarte formular preguntas que no habrías hecho desde el marco anterior.

Si esto tiene algo de fundamento, entonces hay tres condiciones que tienen que estar juntas y ninguna de las tres es suficiente por sí sola. La primera es la obsesión previa. No cualquier trabajo intenso, sino la fusión con el problema que describí antes, la que hace que meses de estudio queden densamente presentes en uno y potencialmente listos para ser reorganizados. Sin esa fusión no hay material cargado, y sin material cargado no hay nada que reorganizar cuando el marco ceda. La segunda es el agotamiento que afloja el filtro. No el cansancio ordinario que se resuelve durmiendo, sino ese otro cansancio estructural que agota el mecanismo mismo que sostenía el marco viejo y que por eso permite que el marco empiece a ceder sin que uno lo decida. La tercera es la más difícil de nombrar y probablemente la más rara. Es ese momento en que algo en uno rompe el patrón de sobrevivencia y avanza cuando toda la lógica indica parar. Sin ese paso no ocurren las preguntas nuevas, no ocurren las conversaciones nuevas y la reorganización que estaba lista para pasar no llega a activarse. También creo que esto no aplica a cualquier problema, aplica a problemas donde lo que falla no es una decisión, sino el marco entero. Problemas sistémicos, complejos, donde la lógica que uno trae no alcanza porque la lógica misma es parte del malentendido.

No tengo cómo probar que esto sea cierto. La verdad es que no he hecho investigaciones profundas con referencias que pueda citar, pero sé que a mí me pasó, sé que las historias que investigué apuntan a un patrón parecido y sé que muchas personas en el mundo probablemente estén viviendo o hayan vivido algo similar sin tener cómo nombrarlo. Si esta hipótesis tiene algo de fundamento, quizás describe uno de los mecanismos por los cuales el ser humano ha logrado a lo largo de la historia, resolver situaciones que desde toda lógica tradicional parecían no tener solución. No es un método, no es una técnica, no es algo que se pueda recomendar ni replicar. Es más bien una forma en que ciertas condiciones extremas pueden abrir ocasionalmente, una posibilidad que en circunstancias normales no existiría.


Temas abiertos por investigar

La tercera condición. El momento en que algo en uno rompe el patrón de sobrevivencia y avanza cuando toda la lógica indica parar. Las otras dos las intuyo, esta no y sigue siendo un misterio. Ahí hay una indagación propia esperando.
Semmelweis quedó comprimido pero pide su propia indagación. Cómo llegó a asociar el olor a cadáver con las partículas cadavéricas. Por qué nadie más hizo el vínculo si la teoría de los miasmas tenía la pista servida. La comunidad médica que lo rechazó durante décadas hasta que murió en un manicomio. Todo eso quedó fuera y me parece fascinante. Necesito escribir sobre como pude haber sido ese proceso antes de llegar a descubrir la solución.
Esto se toca con lo que escribí en la publicación "Hay algo sobre como miramos la genialidad que no me convence" y no por las personas que analicé porque son distintos. Es por el patrón. Vidas trabajadas al límite, obsesiones sostenidas durante años, condiciones extremas asociadas a resultados que no aparecen sin esas condiciones. Sospecho que son piezas de un tema mayor que todavía no termino de ver. Tengo que revisarlo.
Y vuelve la misma pregunta vieja que me da vueltas y vueltas. Causa o consecuencia. Cuando miro vidas extraordinarias siempre termino en lo mismo. Las condiciones que veo como obsesión, aislamiento y agotamiento, son causa del resultado o síntoma de otra cosa?? Esta indagación que escribí empuja hacia lo primero. Pero la pregunta sigue abierta.
Pendiente para cuando quiera hacer un ensayo con respaldo.
- Wallas, modelo de incubación.
- Eyal Segal, el marco organizador falso.
- Bilalić, efecto Einstellung.
- Hommel, teoría de metacontrol.
- Byung-Chul Han, La sociedad del cansancio.
Nada de eso está en la indagación y probablemente no debería estar. Pero ahí queda la biblioteca.
Tres piezas que aparecieron durante el proceso y que no cabían acá.
- Protocolo chamánico involuntario.
- Descubrimientos atribuidos al genio que probablemente fueron estados alterados de conciencia.
- Diferencia entre llegar al estado alterado entregando o recibiendo.
Me encanta este tema. Debo dedicarle tiempo a una investigación 100% independiente.